—Perdón si te estoy molestando, pero esto definitivamente no es normal —fueron las palabras de Javier. Insistente, con una renuencia que ella no se podía permitir atender en ese momento.
Maya sintió que ese día no podía ir peor. Una cosa tras otra. Sin cesar. ¿Por qué la perseguía la desgracia?
Dios mío, ¿es que la vida de verdad no pensaba darle un descanso nunca?
—Fue en mi nuevo trabajo —se apresuró a inventar, bajando la manga de su suéter de un tirón—. Me cayó agua hirviendo en un descuido, ¿sí? No es nada de lo que estás pensando, de verdad. Así que, por favor... vete ya, regresa por donde viniste. Tengo muchas cosas que hacer adentro y no puedo perder el tiempo aquí.
Javier abrió la boca para insistir, pero ella lo cortó de tajo:
—En serio, ¿qué haces aquí? —soltó con brusquedad—. Ni siquiera éramos tan cercanos. Vete, por favor. ¡Lárgate ya!
Tras sus palabras —que no eran para nada lo que pensaba—, se dio media vuelta y entró a la casa, cerrando la puerta de un portazo.
El portazo era para Javier un mensaje claro que decía: no eres bienvenido aquí.
Sin embargo, aquel fuerte sonido alertó a otra persona en el interior: el único habitante de esa morada aparte de ella.
Maya se giró lentamente, encontrándose con una mirada penetrante, verdaderamente terrorífica.
Tragó saliva e intentó disimular.
—Lo... lo siento —se apresuró a decir, sintiendo los nervios a flor de piel—. Es esta puerta... está tan vieja y desajustada que se desliza sola. Se cerró de golpe por el viento... yo no quise azotarla.
Los pasos de las chicas se apresuraron para esquivar al hombre mientras se dirigía a la cocina.
Ya era hora de la cena y, tras la reciente visita de sus amigos —una reunión donde había tenido que recoger botellas vacías y un montón de desperdicios—, a ella le tocaba lidiar con la estufa y preparar todo antes de que la paciencia de Roberto se agotara por completo.
Sabía lo que pasaba cuando ese hombre llegaba al límite, y su propio cuerpo, marcado y adolorido, era la prueba constante de ello.
A menudo se preguntaba cómo había llegado a ese punto, por qué no simplemente se marchaba.
La respuesta, amarga y pesada, era que faltaban apenas dos meses para que cumpliera los dieciocho años.
Esa era la meta invisible que la obligaba a soportar el infierno diario.
Antes de morir, su madre adoptiva —la única persona que de verdad la había protegido en esa casa— había dejado un fideicomiso para sus estudios universitarios.
La realidad era que estaban en una situación precaria, y Roberto, con los bolsillos vacíos, se había gastado prácticamente todo lo demás.
Por eso la obligaba a trabajar jornada tras jornada, exigiéndole cada centavo, mientras la presionaba de todas las formas posibles para que renunciara formalmente a ese dinero y le cediera el control de los fondos.
Pero ella no podía hacerlo, ya que esa era su única tabla de salvación.
Si huía antes de tiempo o cedía ante las intimidaciones, perdería los estudios, el dinero y la única oportunidad real de escapar.
Pero había un problema: el tiempo se agotaba y Roberto lo sabía a la perfección.
Maya se apresuró a hacer la cena hasta que de pronto escuchó la voz seca y rasposa del hombre:
—Maya.
«¿Y ahora qué?», pensó con frustración.
Movida por el terror que aquel sujeto le causaba, caminó rápidamente hacia la sala, encontrándolo de pie junto a la ventana, con los ojos clavados en la calle.
—¿Qué se supone que hace ese muchacho ahí? —preguntó él, con un tono peligroso que conocía a la perfección.
Su corazón dio un vuelco, mientras balbuceaba una excusa:

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