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El juguete del abogado romance Capítulo 201

En la mente de Maya se había formado la firme idea de que debía irse esa misma noche.

Sin embargo, el pánico la paralizó de nuevo al enfrentarse a la cruda realidad. ¿Hacia dónde? No tenía a nadie más en el mundo en quien confiar.

Por un instante pensó en Javier. Pero enseguida descartó la posibilidad.

Él no era más que un muchacho como ella, solo en el mundo, y cuyas condiciones reales de vida desconocía por completo.

Recordó aquel día, unos meses atrás, cuando se habían cruzado casualmente en la calle mientras ella repartía volantes bajo el sol y él le había dado algo de dinero para ayudarla.

No, no había podido destinar ni un solo centavo de ese dinero para comprarse unos zapatos nuevos, como él le había dicho.

En realidad, había tenido que entregárselo completo a Roberto para calmar su furia de aquel día.

Maya se limpió las lágrimas del rostro con el dorso de la mano y comenzó a guardar sus cosas —lo poco realmente importante que poseía— dentro de su pequeña mochila.

Horas antes, tras lo sucedido, había tenido que tragarse el llanto, obligarse a lavar su rostro y regresar a la cocina para terminar la cena tal como se esperaba de ella.

Roberto había comido y ahora se encontraba viendo la televisión en la sala.

Ese hombre no podía sospechar ni por un segundo lo que ella estaba tramando. De ninguna manera.

La meta era sencilla: sobrevivir una noche más.

Solo eso.

Una noche.

Sin embargo, Maya ignoraba por completo un detalle importante: esa noche había sido, de verdad, el final de la línea para aquel hombre.

Había traspasado de forma definitiva ese límite invisible y macabro con el que él siempre la amenazaba con castigarla.

De repente, la puerta de su habitación se abrió de golpe, atrapándola con las manos en la masa. Bastó un parpadeo y una rápida inspección por parte de Roberto para dar con sus documentos, la ropa doblada y los pocos objetos que delataban su inminente huida.

Al ver aquello, el rostro del hombre se desfiguró por una furia ciega y descomunal.

—Ya sé lo que pasa aquí... —siseó, con los ojos inyectados en sangre—. Piensas fugarte con ese noviecito tuyo.

En la mente retorcida de Roberto se había estado gestando la ridícula e infundada idea de que Javier era su novio secreto; apenas lo había visto esa tarde y de inmediato había sacado una conclusión tan absurda como peligrosa.

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