Valiéndose de un protocolo de seguridad que buscaba proteger el secreto profesional entre abogado y cliente, Cristian había solicitado que en la sala de interrogatorio fueran desconectados todos los dispositivos de grabación o transmisión.
Sentado frente a Javier —cuya camisa seguía claramente manchada de sangre seca— se encontraba uno de sus mejores abogados penalistas.
—Relata con absoluta precisión qué hacías en el perímetro y cómo se produjo el contacto antes de que irrumpieras en la habitación.
El muchacho se limitó a repetir lo que ya había dicho al menos unas diez veces desde que llegó a la comisaría.
Su lenguaje corporal era de pura pasividad; no había temblores, ni rastro de arrepentimiento, ni la más mínima señal de alteración nerviosa tras haber quitado una vida.
—Escuché gritos de auxilio desde la calle —relató—. La puerta principal no cedió fácil, así que tuve que forzarla. Adentro, la televisión seguía encendida y había botellas regadas en el suelo. Los gritos de auxilio venían de una habitación del fondo. Tomé una botella que estaba ahí mismo y, cuando entré, no dudé en darle un botellazo al violador.
—De acuerdo —espetó el abogado, mientras se inclinaba hacia adelante y apoyaba los codos en la mesa—. Esa hubiera sido una excelente maniobra de auxilio y el caso estaría cerrado en cinco minutos. Pero, ¿por qué lo apuñalaste?
Desde el fondo de la habitación, Cristian observó cada microgesto, intuyendo exactamente lo que pasaba por la cabeza del muchacho.
Esa era la parte en la que Javier guardaba silencio y se limitaba a clavar la mirada en la persona frente a él, negándose a dar explicaciones que pudieran volverse en su contra.
Sabía que no estaba mudo por miedo o por confusión, sino por puro instinto de supervivencia: se guardaba celosamente lo que realmente pensaba para protegerse, porque en el fondo de su mente, Javier sabía que matarlo había estado bien y, sin la menor duda, volvería a hacerlo.
El silencio se extendió por casi un minuto entero hasta que su abogado no tuvo más opción que girarse hacia él:
—Señor Sterling... así va a ser extremadamente complicado blindar la legítima defensa ante el fiscal. A menos que encontremos la forma de argumentar un estado de emoción violenta o un arrebato disociativo temporal, nos van a demoler en la audiencia de presentación. ¿Cómo sugiere que lo enfoquemos?

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