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El juguete del abogado romance Capítulo 203

El mal presentimiento no era producto de su imaginación. Lo había sentido. Real. Pulsante e insistente.

Ahora, la llamada de la policía le confirmaba a Estefanía sus peores sospechas.

Algo malo había pasado con Javier. Pero no sabía qué… Solo sabía que Cristian le había asegurado que no tardaría y que intentara dormir.

¿Pero cómo iba a dormir?

Estaba harta de estar encadenada a esa fría habitación de hospital sin poder hacer nada, obligada a ver cómo las horas se arrastraban con exasperante lentitud.

A lo sumo le faltaba dos o tres días más en esa cama. Era insoportable.

Estefanía sujetó con fuerza su celular e intentó marcar de nuevo el número de su esposo.

Ocupado.

El mismo tono otra vez.

«Cristian, no me hagas enloquecer. Dime algo. Por favor…»

Volvió a marcar y obtuvo el mismo resultado.

Estefanía consideró seriamente arrancarse la vía y ponerse de pie.

Fugarse del piso de hospitalización con las piernas temblando y los músculos atrófiados por semanas de coma era una locura, pero la desesperación pesaba más. Si nadie le respondía, ella misma iba a ir a buscar respuestas.

Hizo exactamente eso.

Tiró del adhesivo que sujetaba el plástico transparente a su piel. El dolor punzante de la aguja al moverse dentro de la vena la hizo jadear, obligándola a apretar los dientes mientras un pequeño hilo de sangre brotaba en su mano.

Bastó un segundo tirón y la vía quedó suelta, colgando como una serpiente muerta al costado del colchón.

—Ah, duele… —siseó, conteniendo las lágrimas por el ardor.

Pasó a la siguiente fase, empujando las sábanas y girando el torso para llegar al borde de la cama.

A pesar de las terapias, sus músculos seguían temblando de una forma patética.

Aun así, se inclinó hacia adelante y se bajó de la cama.

—¡Señora, qué está haciendo, por favor! —exclamó una enfermera, entrando en el momento más inoportuno posible—. Suba a la camilla, debe descansar. No puede hacer esto.

—¡Necesito salir, estoy perfectamente bien! —bramó, perdiendo el poco control que le quedaba mientras sus piernas amenazaban con doblarse bajo su propio peso—. ¡Ya déjenme ir de aquí! ¡Quiero irme!

Comenzó a gritar, forcejeando torpemente cuando los brazos de la enfermera intentaron contenerla para evitar que se desplomara contra el suelo.

Su intento de escape fue un fracaso rotundo.

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