Cristian omitió, de manera deliberada, el detalle más pequeño y salvaje: ni una sola palabra sobre las cinco puñaladas que su querido hermanito le había hundido en el cuello a un hombre.
Cortó la verdad, dejando fuera la carnicería, la sangre y el ensañamiento.
Se limitó a lo único que servía para mantenerla bajo control: una violación, una chica llamada Maya y el instinto de salvarla.
La mujer ahora lloraba de forma desconsolada en su pecho.
Las lágrimas empapaban la solapa de su traje mientras espasmos agudos la hacían temblar de pies a cabeza, haciendo que se le cortara la respiración cada tanto.
—Desde el inicio le dije que no debía ir... —balbuceó, sorbiendo estrepitosamente por la nariz—. Cristian... yo sentí un mal presentimiento. Te juro que lo sentí...
Un nuevo hipo la sacudió, y entre sollozos, con la cara completamente roja e hinchada, aferró a la tela antes de levantar la vista hacia él, con los ojos anegados:
—Oh, Dios... pobre Maya... ¿Cómo está ella?
—Está en el hospital, fuera de peligro en cuanto a su vida —respondió él con suavidad, acortando la distancia y deslizando el pulgar por su mejilla para limpiar una lágrima que corría suelta—. Quedó bajo observación estricta... Además de la agresión, los médicos notaron que presenta signos de maltrato recurrente; tiene lesiones en los brazos, costillas lastimadas, moretones tanto recientes como antiguos.
El semblante de Estefanía se tornó todavía peor, abriendo los ojos de par en par antes de que su rostro volviera a reflejar el mas puro y crudo dolor.
—Entonces era verdad... la estaban maltratando... —murmuró, y un nuevo lamento le corto la voz—. Cristian... yo, yo... quiero verla. ¿Está aquí mismo? Déjame ir...
Cristian suspiró de manera imperceptible, sabiendo perfectamente que no había manera de evitar el encuentro.
—De acuerdo, pero justo ahora no creo que sea conveniente. Deja que las cosas se calmen un poco. Podrás verla mañana.
Estefanía pareció comprender que, tras el infierno que acababa de atravesar, lo último que una chica en esas condiciones desearía era verse rodeada de extraños.
—Está bien —cedió, sin fuerzas para discutir—. No insistiré... ¿Y con respecto a Javier?
Parpadeó, aparentemente intentando ordenar sus ideas.
Para Cristian, que la conocía demasiado bien, fue evidente el momento exacto en que su mente comenzó a hacer cálculos, buscando una esperanza en medio del desastre.

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