Su explicación fue clara, sin una sola palabra de sobra, pero el ligero temblor en sus manos delataba el miedo que acababa de sentir.
Rosendo la miró fijamente y tragó saliva con dificultad.
Estaba a punto de decir algo cuando Catalina Mendoza llegó corriendo, con el rostro bañado en lágrimas.
—¡Rosendo! ¡Rosendo, mi amor! ¿Estás bien? ¿Por qué hiciste...
A mitad de la frase, le lanzó una mirada llena de odio a Gretel.
«¡Maldita! ¡Todo esto es culpa suya!»
«¡Si no fuera por ella, Rosendo no se habría arriesgado de esa manera!»
Rosendo no le respondió. En su lugar, tomó a Thiago de los brazos de Catalina.
El pequeño Thiago estaba aterrorizado. Escondió su carita en el cuello de su padre, mientras sus hombritos no dejaban de temblar.
En ese momento, Nerón Zúñiga se acercó a paso rápido, llevando a Vale en brazos.
Primero, examinó a Gretel de arriba abajo con evidente preocupación. Al confirmar que estaba ilesa, levantó la vista y clavó sus ojos en Rosendo con total desdén.
Miró al pequeño Thiago llorando desconsoladamente en los brazos de Rosendo, y luego a Catalina, quien se aferraba al brazo del hombre con los ojos llorosos.
Nerón soltó una carcajada fría.
—Vaya, el señor Almenar sí que es un hombre ocupado.
Su tono era relajado, cargado de burla.
—Descuida a su propia esposa y a su hijo por ir a rescatar a la futura esposa y a la hija de otro.
El rostro de Rosendo se oscureció.
Sin darle tiempo a responder, Nerón se interpuso entre él y Gretel, mirándola con ternura.
—Vámonos. La pequeña está cansada, iremos a comer algo.
Gretel no dijo nada más y tomó a Vale de los brazos de Nerón.
La niña rodeó el cuello de Gretel con sus bracitos, escondió el rostro en su hombro y murmuró un suave:
—Mami.
De forma natural, Nerón colocó una mano protectora en la espalda de Gretel, abriéndole paso entre la multitud que aún seguía alterada, rumbo a la salida del parque de diversiones.
Las siluetas de los tres no tardaron en perderse entre la gente.

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