La mancha de agua ya se había extendido desde sus muslos hasta una zona mucho más íntima. Esa sensación fría y húmeda, combinada con la actitud sugerente que ella mostraba sin darse cuenta, era una doble tortura para Rosendo.
Las venas de su mano se marcaron con fuerza mientras se apoyaba en el reposabrazos del sofá.
Era como si algo hubiera golpeado su mente de repente...
Una imagen de mucho tiempo atrás irrumpió en sus pensamientos.
Fue hace seis años, en una de las mañanas posteriores a su boda. Tras haber hecho el amor, su ropa había quedado destrozada, así que no le quedó más opción que ponerse, temporalmente, la camisa blanca que él solía usar en casa.
La prenda le quedaba enorme y caía holgada sobre ella, incapaz de ocultar por completo su encanto natural.
Él había bajado la cabeza para besarle la sien; ella soltó un suave gemido y sus dedos, delicados y hermosos, acariciaron su pecho casi por instinto...
Tal vez el impacto de ese recuerdo fue demasiado fuerte. Rosendo frunció el ceño y la miró con una profundidad aún mayor, como si en su mirada se mezclaran otras intenciones.
Su nuez subió y bajó una vez más. Se obligó a apartar la mirada y se puso de pie.
Dio dos pasos hacia atrás para distanciarse de la mujer que estaba en el sofá.
Gretel estaba acurrucada; los tirantes del vestido de satén negro habían resbalado hasta la mitad de sus brazos. Sus delicados omóplatos y gran parte de su piel suave como la porcelana subían y bajaban con cada respiración agitada.
Atormentada, no dejaba de tirar de su ropa, pero con el último hilo de cordura que le quedaba, apretaba los dientes y se aferraba con fuerza a los cojines del sofá, tratando de contenerse.
Apretó tanto los dedos que los nudillos se le pusieron blancos.
Al ver su cabello humedecido por el sudor, Rosendo respiró hondo, fue a la habitación y trajo una manta gruesa.
Sin pensarlo dos veces, la envolvió por completo.
Brazos, hombros y piernas, todo quedó firmemente cubierto, sin dejar un solo centímetro al descubierto.
Ahora que Gretel estaba envuelta como un tamal, la desesperante falta de alivio la hizo soltar un suave sollozo de impotencia.
—Quédate quieta.
La voz de Rosendo sonó grave y áspera.

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