En ese momento, ella no estaba en sus cabales, ¡pero él sí!
—¡Gretel!
Ella levantó la vista, pero su mirada seguía perdida.
Rosendo apretó los puños. Sin pensarlo más, la levantó en brazos y la llevó directamente al baño.
La bañera ya estaba llena de agua fría. Ni siquiera le quitó la ropa, simplemente la sumergió así como estaba.
Cuando el agua helada cubrió su cuerpo, Gretel soltó un fuerte escalofrío y se retorció en el agua, hasta que poco a poco comenzó a calmarse.
Él soltó un suspiro de alivio, se arrodilló junto a la bañera, apoyó una mano en el borde y con la otra le sostuvo la nuca para evitar que resbalara.
El vestido negro de satén flotaba en el agua, moviéndose al compás de su cabello extendido en la superficie.
La respiración de Gretel se fue nivelando y ese sofocante e inusual calor que sentía fue disminuyendo lentamente gracias al agua fría.
Rosendo se quedó a su lado todo el tiempo, observando cómo su rostro sonrojado volvía a la normalidad poco a poco.
Quién sabe cuánto tiempo pasó hasta que Gretel se quedó completamente inmóvil.
Tenía los ojos cerrados y su respiración era rítmica. Era evidente que, tras tanto sufrimiento, el agotamiento la había vencido y se había quedado dormida.
Rosendo levantó la mano y, con naturalidad, le apartó los mechones mojados que se le habían pegado al rostro.
Cuando la punta de sus dedos rozó su piel, se detuvo por un segundo.
Como si se hubiera quemado, retiró la mano rápidamente. Luego se levantó, la sacó del agua, agarró una toalla seca y volvió a envolverla.
La recostó en la cama, pero justo cuando estaba a punto de taparla, dudó.
Con la ropa empapada, y tapada de esa manera, seguro se resfriaría...
Dobló los dedos un poco. Al final, cerró los ojos y, guiándose solo por el tacto, le quitó el vestido y le puso una bata de baño.
Al terminar, tenía la frente perlada de sudor y la garganta completamente seca.
Rosendo se limitó a decir «Mhm» a modo de respuesta y acompañó al doctor hasta la puerta.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Se sentó en el sofá individual junto a la cama, cruzó las piernas y paseó la mirada sobre la mujer acostada.
Gretel no dormía tranquila. De vez en cuando fruncía el ceño o se daba la vuelta. Con esos movimientos, la bata se le abría un poco, dejando ver su hermosa clavícula.
Aunque Rosendo fingía fastidio, se levantaba cada vez que ella se destapaba para volver a acomodarle las cobijas.
Cerca de las cuatro de la madrugada, la respiración de la joven se estabilizó por completo y dejó de moverse.
Rosendo tenía unas ligeras ojeras, pero se levantó del sillón como si nada hubiera pasado.
Estiró un poco el cuello y los hombros tensos. La miró en silencio durante un rato, se puso la ropa limpia que Zacarías le había traído y salió de la habitación con paso firme.
Tan pronto cerró la puerta, su mirada se volvió sombría. Sacó el celular y llamó a Zacarías.

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