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El Marido que no supo perder romance Capítulo 119

Ese día, Gretel llevaba una camisa de satén color azul grisáceo y unos jeans de tiro alto color gris humo. Tenía el cabello recogido con sencillez usando una horquilla de jade, luciendo arreglada pero informal.

Valentina llevaba un vestido blanco de tul. Sus grandes ojos, brillantes como la obsidiana, miraban a todos lados, haciéndola parecer una muñeca de porcelana.

La niña levantó la mirada y tiró un poco del pantalón de su madre.

—Mami, ¿crees que a la abuela le va a gustar? —preguntó con inocencia, mirando la preciosa caja de madera tallada a mano que Gretel llevaba.

—Sí, le gustará —dijo Gretel con una sonrisa en el rostro, arreglándole el moño que se le había torcido en la cabeza—. Vamos.

En ese momento, la sala estaba repleta de gente.

Eulalia Mendoza, la estrella de la fiesta, llevaba un vestido elegante de color rojo vino. Su rostro, muy bien cuidado, lucía una sonrisa perfecta mientras charlaba con algunas amistades.

Catalina la acompañaba, vistiendo un diseño de alta costura de la última temporada: un vestido amarillo pastel con volantes, y el cabello rizado cayéndole suavemente sobre los hombros. En la muñeca llevaba una pulsera de diamantes rosas de altísima calidad.

No muy lejos, Rosendo y Bernardo Mendoza conversaban en voz baja.

El resto eran señoras y jovencitas agrupadas charlando entre ellas.

Los pasos de Gretel se detuvieron por una fracción de segundo, pero en seguida retomó su andar.

—Mamá, feliz cumpleaños. —Se acercó y le entregó la caja de madera con ambas manos.

Eulalia la tomó, abrió la tapa y se quedó sorprendida por un momento.

Era el Manto de las Cien Bendiciones.

El bordado brillaba con destellos finos bajo la luz. Los hilos se superponían y cada puntada era impecable. Salía a la vista el esmero que le había dedicado.

Nadie sabía que había bordado a mano la palabra «bendición» cien veces, en cien tipos de letras distintos.

Solo la mezcla de hilos requería más de veinte colores. Los trazos antiguos habían sido los más difíciles: tuvo que descoserlos y volverlos a bordar una y otra vez, tanto que tenía el dedo índice de la mano derecha lleno de pinchazos...

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