Era de un verde intenso, muy raro y con una excelente transparencia.
La pulsera estaba tallada con un diseño de flores de loto enredadas que brillaban con un resplandor cálido bajo las luces.
—Esta es hermosa. Creo que a la señora Sofía le gustará mucho. —Los ojos de Gretel brillaron un poco y se enderezó en su asiento.
Levantó su paleta y ofreció una cantidad.
En la primera fila, el cuerpo de Catalina se tensó y una mirada gélida asomó en sus ojos.
Esa voz... ¡era la de Gretel, sin duda!
¿Por qué tenía que estar en todas partes? ¡Parecía un fantasma que no la dejaba en paz!
Respiró hondo para calmarse, curvó los labios en una sonrisa, se aferró al brazo de Rosendo y le dijo con un tono meloso:
—Rosendo, qué pulsera tan linda. Me encanta.
Rosendo frunció un poco el ceño y no dijo nada.
Catalina le sacudió el brazo con suavidad.
—Cómpramela, por favor. Tómalo como... ¿un regalo anticipado por mi recuperación?
Alguien más en la sala ofreció otra cantidad, pero Gretel, sin dudarlo, volvió a levantar la paleta.
En ese momento, en la primera fila, una mano masculina levantó su número.
—Treinta millones.
Habló con voz tranquila, pero había duplicado la oferta directamente.
El lugar se sumió en el silencio durante varios segundos. Cuando algunos reconocieron que se trataba de Rosendo Almenar, bajaron sus paletas avergonzados, sin atreverse a competir.
Gretel frunció el ceño y miró en esa dirección.
El hombre estaba sentado muy derecho y no miró hacia atrás. Su brazo, al sostener la paleta, dejaba ver un pedazo de su muñeca con la manga de la camisa donde el brillo de sus gemelos destacaba con cada movimiento de su mano...
Ella apartó la mirada. Apretó la paleta y poco a poco la bajó.
—¿Ya no la quieres? —preguntó Selene con el ceño fruncido.
—No.
Rosendo se quedó con la pulsera.
Catalina, radiante, lo abrazó dándole las gracias con voz mimada. Su actitud tan cercana y afectuosa atrajo al instante las miradas envidiosas de los demás.
Gretel no respondió, pero una pizca de dolor que ni ella misma notó cruzó por sus ojos.
A unos pasos de distancia, en la esquina del pasillo, Rosendo estaba de pie mirando cómo se cerraban las puertas del ascensor. Su pulgar acariciaba inconscientemente la caja de terciopelo que tenía en las manos.
—Rosendo, ¿qué haces aquí?
A sus espaldas, Catalina había aparecido de repente. Al ver la caja en sus manos, la sonrisa en sus ojos fue reemplazada por una envidia profunda.
—Nada. Te llevaré a casa.
Terminó de hablar y empezó a caminar hacia los ascensores.
***
Quince días después. En la puerta de la familia Mendoza.
Gretel se agachó para arreglarle el vestido de princesa a Valentina y luego tocó el timbre.
Ese día era el cumpleaños número cincuenta de Eulalia Mendoza. Había llamado tres días antes diciendo que era una buena oportunidad para reunirse en familia a comer y le había rogado que fuera.
Eulalia le habló con mucha sinceridad. Como Gretel aún valoraba sus lazos familiares, no pudo negarse.

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