Las orejas de Gretel se tiñeron de un ligero rubor. Se acomodó de inmediato y bajó las manos a su regazo.
—Sí, todo bien.
Rosendo volvió a su postura habitual como si nada hubiera pasado.
—Don Hipólito, tengo entendido que los Zúñiga tienen nuevos proyectos de robótica para el hogar. ¿Tienen alguna intención de colaborar con la corporación Almenar?
Su tono era casual, pero logró desviar hábilmente la conversación de nuevo a los negocios. En unas cuantas frases, logró que todos olvidaran el incidente que acababa de ocurrir.
Aunque el tema había cambiado, Nerón no había pasado por alto lo que sucedió entre ellos, y mucho menos ese destello de pánico que cruzó momentáneamente por los ojos de Rosendo.
Sus propios ojos se oscurecieron con suspicacia.
Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos, por lo que nadie más volvió a hablar. Continuaron comiendo en un silencio incómodo, y para Gretel, la deliciosa comida de repente no tenía ningún sabor.
Apenas pudo terminar de comer, y de inmediato anunció que se retiraba.
Nerón le dirigió una mirada rápida a Rosendo y se levantó de la mesa. Acercándose a Gretel con una sonrisa, le dijo:
—Ya es tarde, a esta hora es difícil conseguir un taxi. Deja que te lleve a casa.
—No hay necesidad de que se moleste, señor Zúñiga. Yo casualmente tengo que ir rumbo a la casa de la familia Mendoza, puedo llevarla de paso —dijo Rosendo, levantándose con voz fría.
El ambiente se volvió denso al instante.
Las pestañas de Gretel temblaron y, sin darse cuenta, clavó las uñas en las palmas de sus manos.
No quería tener absolutamente nada que ver con Rosendo, y mucho menos subirse a su auto.
Sin embargo, estaba en la casa de los Zúñiga, y la oferta de Rosendo era aparentemente inocente. Si lo rechazaba, quién sabe qué impresión dejaría o qué chismes innecesarios desataría.
Tomando una respiración profunda e imperceptible, logró calmarse. Levantó la vista y forzó una leve sonrisa.
—Entonces le tomo la palabra, señor Almenar. Qué amable.
Ya qué. En cuanto se alejaran de la mansión, se inventaría alguna excusa para bajarse del auto.
Nerón levantó una ceja, pero no dijo nada más.
Don Hipólito, viendo que su nieto ni siquiera hacía el intento de pelear por ella, sintió una punzada de molestia en el pecho.



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