Entonces, Don Hipólito adoptó un tono más formal.
—Dra. Mendoza, permítame presentarle a mi inútil nieto, Nerón Zúñiga. Nerón, ella es...
—Gretel Mendoza. Señorita Mendoza, no tenía idea de que fueras la doctora que atiende a mi abuelo. Un placer —Nerón se adelantó a responder, con una sonrisa en los labios.
Había escuchado que la nueva doctora de su abuelo era excelente y muy dedicada. Hacía tiempo que quería conocerla, pero nunca imaginó que sería Gretel.
Vaya que las casualidades de la vida eran sorprendentes.
Gretel le devolvió la sonrisa, aunque por dentro se sentía bastante incómoda.
—Bueno, bueno, ¿qué hacen ahí parados? ¡Nerón, dile a la doctora que pase y siéntense! —Don Hipólito la miraba con los ojos brillantes de entusiasmo.
A juzgar por la situación, parecía que su nieto y ella tenían futuro...
Al ver la ligera sonrisa en el rostro de Gretel, todos se pusieron a conversar con total naturalidad.
Pero, tal vez fue su imaginación, a Gretel le pareció que la usual expresión imperturbable y altiva de Rosendo mostraba una ligera tensión.
—Don Hipólito, se lo agradezco, pero yo... —Gretel intentó excusarse.
—Ya que mi abuelo te invitó a quedarte, por favor hazlo. Ya casi es hora de cenar. Considéralo un agradecimiento por los cuidados que le brindas a mi abuelo. Quédate a comer con nosotros.
Nerón también se unió a la petición con entusiasmo.
Se daba cuenta de que había una vibra extraña entre Rosendo y Gretel, pero Rosendo solo estaba ahí para hablar de negocios; en cuanto terminaran, se iría. No creía que las cosas se pusieran más incómodas.
Viendo que insistían tanto, Gretel no pudo negarse. Le sonrió a Don Hipólito y dijo:
—En ese caso, acepto con gusto la invitación.
Al escuchar esto, el anciano se llenó de alegría y de inmediato ordenó que prepararan la cena.
Rosendo y Nerón se fueron al despacho para hablar de sus negocios, mientras Gretel, para pasar el rato, se quedó charlando con Don Hipólito.
El anciano le tomó confianza rápidamente y le contó varias anécdotas de la infancia de Nerón, lo que ayudó a que Gretel se relajara un poco.
Como no era su área de conocimiento, Gretel apenas intervino en la conversación, limitándose a asentir y sonreír.
Todo iba bien hasta que trajeron el tercer plato: un puré de arvejas con trucha ahumada. Una empleada pasó a su lado, perdió el equilibrio y el plato se inclinó, cayendo directamente hacia Gretel.
Los ojos de Rosendo se clavaron en la escena. Con unos reflejos impresionantes, se inclinó para cubrirla y protegerla.
Gretel se sobresaltó. Levantó la cabeza por instinto y sus labios rozaron apenas la mandíbula de él. Aunque el contacto duró apenas un instante, ambos sintieron como si una corriente eléctrica los atravesara, quedándose paralizados.
Afortunadamente, la empleada reaccionó rápido y evitó que la comida se derramara.
Empezó a disculparse profusamente, aterrorizada por haber ofendido a los invitados.
Don Hipólito dejó los cubiertos, se limpió los labios con la servilleta de tela y los miró con expresión analítica.
—Ejem... Dra. Mendoza, ¿se encuentra bien?
Esos dos, definitivamente, no parecían ser simples conocidos. Iba a tener que mandar a investigar qué relación tenían en realidad.

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