Era Sofía Almenar.
Caminaba despacio, con un pequeño bolso beige de piel de oveja de Louis Vuitton colgando del antebrazo, seguida de cerca por dos asistentes que le cargaban las compras.
Al entrar, su mirada se detuvo un segundo en Gretel antes de posarse en el vestido que Lorena tenía en las manos.
Recordando lo que había alcanzado a escuchar antes de cruzar la puerta y viendo la expresión de Gretel, intuyó perfectamente lo que estaba ocurriendo.
—Se... señora Almenar —saludó Lorena, bajando la cabeza sin atreverse a mirarla a los ojos. Su tono de voz era un murmullo acobardado.
Sofía la ignoró por completo. Caminó directo hacia Gretel, le tomó las manos con suavidad y le dio unas palmaditas afectuosas.
—¿Esto es tuyo?
Gretel, aún sorprendida, asintió.
Sofía no preguntó más. Se volvió hacia Lorena con una sonrisa distante y un tono que no admitía réplica.
—Deja el vestido.
—Señora, yo...
—Eres de la familia Castro, ¿verdad? —Con una simple mirada de Sofía, una de sus asistentes se adelantó, le arrebató el vestido a Lorena y se lo presentó con reverencia a su jefa.
Sofía examinó la prenda por un par de segundos y se la entregó a la empleada.
—Tiene demasiadas arrugas. Hazme el favor de plancharlo.
La empleada, petrificada, tomó el vestido. Aterrorizada, se alejó a toda prisa.
Jamás en su vida había presenciado una escena de tal magnitud.
Era obvio que esa señora tenía muchísimo más poder que la familia Castro, y que había intervenido exclusivamente para defender a Gretel. Ahora no sabía si Gretel tomaría represalias contra la tienda...
Lorena se quedó clavada en el piso, pálida y desencajada.
¿Quién era Sofía Almenar?
Era la matriarca de la familia Almenar. ¡Hasta su propio abuelo tenía que hacerle reverencias y llamarla «Señora» con absoluto respeto!
Lorena esbozó una sonrisa que parecía más una mueca, tragó saliva y balbuceó:
—Se... señora, me retiro entonces. Con permiso.


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