—Nos vemos mañana por la noche.
Tras colgar la llamada, Gretel se quedó sentada un largo rato con el celular en la mano.
Sentía que algo no cuadraba, pero no lograba descifrar qué era.
***
Al atardecer del día siguiente.
Gretel se puso un saco casual en un tono gris azulado, con una blusa de cuello redondo blanca por debajo. Se recogió el cabello en una coleta baja y se puso unos sencillos aretes de perla.
No era un atuendo llamativo, pero tampoco perdía la elegancia.
La dirección que le había mandado Zacarías era la de un exclusivo restaurante privado al este de la ciudad. El asistente se había ofrecido a pasar por ella, pero lo rechazó.
Solo cuando llegó en taxi se dio cuenta de que el lugar estaba bastante escondido. Ni siquiera había un letrero en la entrada; tan solo un farol de luz cálida.
Empujó la puerta y un mesero la guio por un pasillo de estilo antiguo hasta llegar al fondo, donde abrió unas pesadas puertas de madera tallada.
La iluminación dentro del salón privado era muy tenue. La mesa alargada estaba cubierta por un mantel oscuro; en el centro descansaba un arreglo de rosas de un rojo intenso, y a ambos extremos brillaban dos velas blancas...
Flores, vino tinto, luz de velas...
Gretel se detuvo en seco y entonces vio a Rosendo al otro extremo de la mesa.
Llevaba un traje a la medida color gris carbón, con una camisa de un gris azulado muy claro. No usaba corbata; en su lugar, el cuello de la camisa estaba sujeto por un sobrio alfiler de plata con detalles de ónix.
Sentado a la luz de las velas, sus facciones lucían tan marcadas como siempre: la nariz recta, la línea de la mandíbula impecable.
Tan distinguido como lo recordaba.
En cuanto ese pensamiento cruzó por su mente, Gretel sintió que las orejas le ardían y apartó la mirada de inmediato.
Rosendo estaba revisando su celular con la mirada baja. Al escuchar el ruido, alzó los ojos hacia ella.
—Siéntate.
Su tono era monótono y su expresión, la de todos los días.
Gretel se dijo a sí misma que dejara de imaginar cosas y tomó asiento frente a él.
Los meseros empezaron a traer los platillos. Ambos comieron en silencio, con la mirada baja. Por un momento, pareció que ninguno de los dos tenía la intención de ser el primero en hablar.
Gretel se llevó a la boca un jugoso trozo de carne, y de pronto le vino a la mente un recuerdo muy lejano.

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