—Señor Almenar. —Se acomodó el abrigo en el antebrazo. Su voz era la misma distancia hecha palabras—. Le pediré a finanzas que deposite a Grupo Almenar el pago de esos medicamentos de forma trimestral. No habrá retrasos.
Dicho esto, dio media vuelta y salió. No titubeó ni miró atrás ni un solo instante.
***
Cinco días después, por la tarde.
Gretel estaba sentada en su consultorio organizando los expedientes del día cuando, de pronto, alguien empujó la puerta.
Era Catalina.
Llevaba puesto un vestido color crema entallado a la cintura y unos zapatos estilo Mary Jane en un tono rosa pálido. Su cabello castaño caía en ondas sueltas por su espalda y su maquillaje era tan impecable que parecía una muñeca de porcelana sacada de una revista.
Llevaba un bolso exclusivo de diseñador colgado del brazo y entró con una radiante sonrisa en el rostro.
—Gretel, vine a darte las gracias personalmente.
Gretel no dejó de hojear el expediente y ni siquiera se molestó en levantar la vista.
Catalina apretó con fuerza el asa de su bolso y un destello de odio cruzó por sus ojos, pero al segundo siguiente, su sonrisa se hizo aún más amplia.
—De no ser porque accediste a cederme tu lugar, me habría quedado sin participar en los discursos de este año.
—Y apuesto a que no lo sabías, ¿verdad? El decano escuchó que yo era la esposa del señor Almenar y me recibió en persona.
—Además, mi discurso fue un éxito total. Cuando terminé, los aplausos duraron muchísimo tiempo y un montón de estudiantes hicieron fila para pedirme un autógrafo...
Su sonrisa era deslumbrante, sus ojos brillaban con una luz ardiente y emocionada que apenas lograba disimular una vanidad enfermiza.
Finalmente, Gretel dejó el bolígrafo a un lado y levantó la mirada para verla.
Tras un segundo, solo pronunció una palabra:
—Felicidades.
Luego, bajó la vista de nuevo y continuó revisando sus archivos.
Antes de que la arrogancia en el pecho de Catalina lograra salir por completo, fue apagada por la total indiferencia de la otra mujer.
Catalina la miró con resentimiento. ¡No podía creer que estuviera tan tranquila como aparentaba!
Estaba a punto de decir algo más cuando Héctor, el asistente de Gretel, llamó a la puerta y entró.
—Doctora, su paciente de las cuatro ya llegó.

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