Dado que había sido una reserva de último minuto, no consiguió ni una suite presidencial ni una habitación de lujo.
El lugar era pequeño y su decoración solo podía describirse como simple, pero la calefacción funcionaba a la perfección.
En el cuarto únicamente había una cama matrimonial y un sofá de escaso metro y medio de largo.
Gretel frunció el ceño, acomodó ambas maletas contra la pared y luego se sentó en el sofá. Dudaba, y por eso ni siquiera se quitó el abrigo.
Rosendo no dijo nada. En silencio, abrió su computadora, se sentó frente al escritorio y continuó revisando los contratos pendientes.
La habitación quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el tecleo.
Gretel, apoyada en el respaldo del sofá, se quedó observando aquella escena y de pronto su mente viajó al pasado.
Durante el año que estuvieron casados, prácticamente habían compartido la misma habitación todas las noches.
A veces él se quedaba en su estudio trabajando hasta la madrugada antes de ir a dormir, y para cuando entraba a la recámara, ella ya se había duchado y estaba profundamente dormida.
Si regresaban temprano, solían intercambiar un par de frases... siempre relacionadas con el trabajo.
Tal vez por la tranquilidad del momento, o porque aquellos recuerdos eran demasiado dulces, Gretel comenzó a relajarse.
Se quitó el abrigo, lo dobló sobre un extremo del sofá y se levantó para sacar sus cosas; planeaba asearse y descansar.
Para cuando salió del baño con el cabello ya seco, descubrió que Rosendo se había recostado en el sofá. Su abrigo de ella estaba ahora perfectamente doblado y acomodado junto a la almohada en la cama.
—Señor Almenar...
—¿Rosendo?
No supo si no quería contestarle o si de verdad se había quedado dormido, pero no obtuvo respuesta.
Llena de dudas, se metió en la cama.
El hombre acomodado en el sofá, encogido para caber, se dio la vuelta y el leve ceño fruncido pareció suavizarse un poco.
El calor de la habitación inducía al sueño. Entre eso y el agotamiento del largo viaje, Gretel se envolvió en las delgadas mantas del hotel y dejó que su consciencia se desvaneciera poco a poco.
Justo en el umbral del sueño, el celular de Rosendo comenzó a sonar.
Él tanteó a ciegas hasta dar con el teléfono y contestó.
La luz de la pantalla iluminó levemente la oscura habitación. Gretel, que le daba la espalda al sofá, se quedó helada y no se atrevió a moverse.

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