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El Marido que no supo perder romance Capítulo 156

Dado que había sido una reserva de último minuto, no consiguió ni una suite presidencial ni una habitación de lujo.

El lugar era pequeño y su decoración solo podía describirse como simple, pero la calefacción funcionaba a la perfección.

En el cuarto únicamente había una cama matrimonial y un sofá de escaso metro y medio de largo.

Gretel frunció el ceño, acomodó ambas maletas contra la pared y luego se sentó en el sofá. Dudaba, y por eso ni siquiera se quitó el abrigo.

Rosendo no dijo nada. En silencio, abrió su computadora, se sentó frente al escritorio y continuó revisando los contratos pendientes.

La habitación quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el tecleo.

Gretel, apoyada en el respaldo del sofá, se quedó observando aquella escena y de pronto su mente viajó al pasado.

Durante el año que estuvieron casados, prácticamente habían compartido la misma habitación todas las noches.

A veces él se quedaba en su estudio trabajando hasta la madrugada antes de ir a dormir, y para cuando entraba a la recámara, ella ya se había duchado y estaba profundamente dormida.

Si regresaban temprano, solían intercambiar un par de frases... siempre relacionadas con el trabajo.

Tal vez por la tranquilidad del momento, o porque aquellos recuerdos eran demasiado dulces, Gretel comenzó a relajarse.

Se quitó el abrigo, lo dobló sobre un extremo del sofá y se levantó para sacar sus cosas; planeaba asearse y descansar.

Para cuando salió del baño con el cabello ya seco, descubrió que Rosendo se había recostado en el sofá. Su abrigo de ella estaba ahora perfectamente doblado y acomodado junto a la almohada en la cama.

—Señor Almenar...

—¿Rosendo?

No supo si no quería contestarle o si de verdad se había quedado dormido, pero no obtuvo respuesta.

Llena de dudas, se metió en la cama.

El hombre acomodado en el sofá, encogido para caber, se dio la vuelta y el leve ceño fruncido pareció suavizarse un poco.

El calor de la habitación inducía al sueño. Entre eso y el agotamiento del largo viaje, Gretel se envolvió en las delgadas mantas del hotel y dejó que su consciencia se desvaneciera poco a poco.

Justo en el umbral del sueño, el celular de Rosendo comenzó a sonar.

Él tanteó a ciegas hasta dar con el teléfono y contestó.

La luz de la pantalla iluminó levemente la oscura habitación. Gretel, que le daba la espalda al sofá, se quedó helada y no se atrevió a moverse.

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