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El Marido que no supo perder romance Capítulo 157

Al otro lado de la línea, Catalina seguía dándole recomendaciones en voz baja, mientras él respondía con monosílabos evasivos. Finalmente, se desearon buenas noches y Rosendo fue el primero en cortar la llamada.

La pantalla del celular se oscureció y el silencio volvió a apoderarse de la habitación.

Gretel apartó la manta y se dispuso a levantarse.

—Mejor me voy a buscar dónde pasar la noche.

Si le echaba ganas, seguramente encontraría otro hotel.

—Son las dos de la madrugada —dijo Rosendo con una voz grave—. Afuera estamos a más de diez grados bajo cero y todos los hoteles de la zona están a su máxima capacidad.

Rosendo soltó la dura realidad con el entrecejo levemente fruncido.

Ella abrió la boca para rebatir, pero terminó bajando la mirada y guardó silencio.

Él volvió a recostarse y se arropó un poco más con la cobija.

Con su metro ochenta y ocho encogido en un sofá de apenas un metro y medio, la imagen gritaba incomodidad por todos lados.

Gretel se quedó sentada al borde del colchón observando la escena, incapaz de insistir en marcharse. Al cabo de un rato, volvió a acostarse.

El silencio inundó el cuarto, uno tan profundo que a ella le permitía escuchar el ritmo constante de sus propios latidos.

Pasó mucho tiempo hasta que su voz rompió la quietud.

—Rosendo.

—...Mjum.

Estaba con los ojos cerrados, pero no dormía.

—Todos estos años... ¿has tenido una buena vida?

Jamás pensó que alguna vez le haría esa pregunta.

Quizás fue por estar en un país extranjero, o tal vez fue aquella llamada lo que resquebrajó por unos segundos su barrera de sensatez.

Desde el sofá, no hubo respuesta.

Pasó un segundo, luego otro... Un minuto entero.

El silencio de él logró que ella se arrepintiera con toda el alma de haber abierto la boca.

—No tan buena como crees —respondió por fin Rosendo, mientras se daba la vuelta.

Se quedaron de ver en una cafetería.

Para cuando Gretel llegó, la otra mujer ya la estaba esperando. Sobre la mesa había un montón de manuscritos esparcidos y una grabadora de voz encendida.

—¡Ginny! —Magda se levantó para recibirla con un abrazo efusivo—. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Hablaba un inglés perfectamente fluido.

Tras un par de cortesías, Magda fue directa al grano.

—Hace poco empecé a escribir una investigación sobre el trastorno de estrés postraumático complejo. Quiero intentar publicarlo en la Revista Europea de Psicotraumatología, y bueno, ya sabes, el factor de impacto es altísimo...

Magda se acomodó los lentes y deslizó el fajo de papeles hacia el lado de Gretel.

En otras ocasiones también solían debatir sobre proyectos de investigación, así que Gretel no sospechó nada malo. Sin embargo, a medida que fue hojeando las páginas, frunció el ceño con decepción.

La estructura era un caos, el marco teórico era un collage de cosas sin conexión y la tesis central carecía por completo de sustento estadístico. Incluso había un par de párrafos con fallos lógicos imperdonables.

—Los artículos que publicaste estos últimos dos años tienen muchísimas citas, sobre todo el del estudio comparativo transcultural del año pasado —dijo Magda, entrelazando los dedos sobre la mesa y asomándose un poco hacia ella—.

—Quiero pedirte un gran favor. Quiero que seas mi escritora fantasma para este artículo.

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