—Mejor no voy, en un rato tengo que...
—Tienen en exhibición una enorme colección de documentos originales sobre psicología criminal de Europa del Este —la interrumpió Rosendo. Su ritmo al hablar no era rápido, pero sonaba peligrosamente persuasivo.
Gretel se quedó sin palabras.
Ciertamente, necesitaba acceder a esos archivos.
Al grupo de investigación de su mentor, el Dr. Aurelio Blanco, le faltaba justo esa parte de la bibliografía, y conseguir los originales en su país era imposible.
Solo dudó un segundo antes de aceptar.
***
La Biblioteca Nacional del país Sevaros era un antiguo edificio de estilo barroco. Con su enorme cúpula y su iluminación suave, la atmósfera interior hacía que cualquiera se sintiera invadido por una profunda paz.
Gretel encontró los materiales que necesitaba en la sección de archivos del tercer piso. Con los ojos brillantes de emoción, eligió cinco tomos gruesos y se sentó en el área de lectura.
Rosendo se sentó frente a ella. Al ver su entusiasmo, su mirada se suavizó por un momento.
Tenía una laptop a su lado, y en la pantalla se veía el borrador de un contrato que Zacarías Quiroga le acababa de enviar.
Separados por el escritorio, cada uno se concentró en lo suyo. Ninguno de los dos rompió el silencio.
El tiempo pasó volando.
Dos horas después, ambos salieron de la biblioteca.
Ese día Gretel llevaba un abrigo de plumas color beige con corte a la cintura. Estaba bien abrigada, aunque el frío le había dejado la punta de la nariz un poco roja.
—¡Rosendo!
Una voz familiar y cargada de sorpresa sonó a sus espaldas.
Ambos detuvieron sus pasos y se giraron para mirar.
Gretel apretó las manos a los costados hasta formar puños, pero decidió no desenmascararlo.
Sin embargo, si alguien la observaba con detenimiento, notaría que tenía la espalda tensa como una cuerda de guitarra.
—¿En su país son todos tan recatados para el amor? —Katya dio un paso al frente y miró fijamente a Gretel—. Me da la impresión de que la señorita Mendoza es... un poco fría contigo.
Apenas terminó de hablar, Gretel frunció el ceño, giró el rostro y, ante la mirada resentida de Katya, se puso de puntillas para besar a Rosendo en la mejilla.
Desde el ángulo en que lo veía Katya, el gesto pareció de lo más íntimo, pero lo que no notó fue que, al acercarse, Gretel interpuso su propio dedo pulgar entre sus labios y el rostro de él...
Cuando se inclinó hacia él, la embriagadora fragancia a té blanco que ella emanaba lo envolvió por completo.
La nuez de Adán de Rosendo se movió, y la mano que tenía en el bolsillo del pantalón se cerró en un puño instintivamente.
El rostro de Katya se ensombreció, pero enseguida forzó una sonrisa y parpadeó con fingida inocencia.
—En realidad no importa, aquí en Sevaros somos de mente muy abierta. Es completamente normal que un hombre exitoso tenga tres o cuatro esposas. No me molesta compartirlo con la señorita Mendoza, yo...

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