—¿Gretel? —La chica rubia se le acercó, arrancándola de sus recuerdos—. Tienes la cara muy roja, ¿estás bien?
—...Es por el calor.
Gretel bajó la taza de café, intentando disimular su bochorno.
La rubia la miró con cara de "ya sé lo que pensabas", pero decidió no seguir interrogándola. En cambio, le tomó el brazo y la invitó a caminar.
—Ven, ahora que las cosas están tranquilas, te daré un pequeño tour por la oficina.
Aunque la sucursal no era tan grande como la empresa principal, no le faltaba de nada.
En la sala de exposiciones había varios modelos de terminales para hogares inteligentes. Dos de ellos no se vendían en su país; debían ser versiones diseñadas de manera específica para el mercado del norte de Europa.
—El jefe Almenar invirtió directamente en esta línea el año pasado. Por estos rumbos son muy exigentes con la privacidad, así que la tecnología que usamos allá no funcionaba aquí. Le tomó seis meses reconstruir toda la línea de ensamblaje.
La expresión de la rubia se volvió extrañamente seria y sus ojos demostraban una profunda admiración por él.
Hizo una pausa, la miró de reojo y soltó con su habitual tono chismoso:
—Gretel, dime la verdad, ¿qué relación tienes exactamente con el señor Almenar?
Gretel deslizó los dedos por el borde curvo de uno de los aparatos y retiró la mano.
Al saber que la chica no tenía malas intenciones, lo dudó un segundo antes de responder.
—Estuvimos juntos en el pasado. Nos separamos hace unos años.
La rubia abrió la boca y no pudo evitar el comentario:
—Qué lástima.
Gretel esbozó una sonrisa, pero no dijo nada más.
Al final del pasillo estaba el despacho de Rosendo, con la puerta entreabierta.
Él estaba sentado en su escritorio tecleando algo en la laptop.
Llevaba un suéter gris oscuro de cuello alto y un abrigo negro de lana desabotonado.
En su muñeca izquierda lucía un reloj Patek Philippe que se veía elegante sin ser ostentoso, y en la derecha, sus inconfundibles cuentas de sándalo.
Al percibir los pasos, Rosendo levantó la cabeza.
Su mirada barrió primero a la rubia y luego se quedó fija en el rostro de Gretel por un segundo.
Cuando Gretel iba a darse la vuelta para irse con la chica, la voz de él las detuvo.
—Tengo que ir a ver a un cliente. Acompáñame.
Gretel no tenía la menor intención de ir.
Lejos de empeorar con el tiempo, su destreza había mejorado. No sentía ni una pizca de nervios.
El primer hoyo, par cuatro, 152 yardas.
Se ubicó en la zona de salida, separó un poco las piernas, bajó la cadera y ejecutó el movimiento con una fluidez impresionante.
La bola salió disparada trazando una parábola bellísima; rebotó dos veces sobre la hierba perfecta y...
Rodó directo al hoyo.
El campo de golf se sumió en un silencio sepulcral por varios segundos.
Los ojos de Lindqvist estaban abiertos de par en par y casi deja caer su propio palo.
—¿Hoyo en uno?
Volteó a ver a Rosendo y luego dirigió una mirada de puro asombro y fascinación hacia Gretel.
Esa señorita Mendoza no solo era hermosa, su forma de jugar también te dejaba sin aliento...
Rosendo frunció levemente el ceño, estiró el brazo y, con absoluta naturalidad, apoyó la mano en la cintura de ella.
—Es mi mujer. Por supuesto que su técnica es excelente.

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