Su tono era completamente natural, pero escondía un mensaje de propiedad muy claro.
El cuerpo de Gretel se tensó por instinto y trató de apartarse.
Pero la mano de él estaba anclada en su lugar, y aunque no la apretaba con fuerza, tampoco le dio la oportunidad de zafarse.
Lindqvist se quedó callado por un segundo, y enseguida sonrió con cierto lamento.
—Qué lástima.
Dicho eso, se giró nuevamente hacia ella.
—Señorita Mendoza, la admiro de verdad. Esta noche los invito a cenar, por favor no me rechacen.
Gretel miró a Rosendo con disimulo, rogando internamente que él dijera que no, pero, para su desgracia, él aceptó.
La cena fue en un exclusivo restaurante en la zona antigua de la ciudad.
Apenas se sentaron, Lindqvist llamó al camarero y pidió el menú.
Fiel a las buenas costumbres, le ofreció la carta primero a Gretel.
Antes de que ella siquiera estirara la mano para tomarla, Rosendo se adelantó y ordenó los dos platos principales de la casa.
Lindqvist miró a Rosendo y luego a Gretel, levantó su copa de vino y la hizo girar suavemente, con una sonrisa curiosa.
—Rosendo, rara vez te veo en una faceta tan poco caballerosa —comentó divertido, y enseguida miró a Gretel e hizo un ademán ofreciéndole la carta de nuevo—. Señorita Mendoza, adelante.
Gretel parpadeó y respondió con tono tranquilo:
—No es necesario, los dos platos que pidió son mis favoritos.
Lindqvist se quedó sin palabras.
Cuando comenzaron a servir la comida, Rosendo se la pasó hablando de negocios con Lindqvist. Gretel, que no entendía los detalles de la charla, estaba a punto de tomar algo de comida cuando el hombre a su lado —que parecía no haberle prestado atención en toda la noche— tomó una porción del platillo y la depositó suavemente en su plato.
Gretel se quedó paralizada. Bajó la vista y comenzó a comer en silencio.
Había que reconocerlo, Lindqvist tenía muy buen gusto: el ambiente, la música, todo era perfecto. Y ni hablar del sabor de la comida...
El rostro de Gretel no demostraba ninguna emoción, pero por dentro sentía que el corazón le latía a mil por hora.
***
Esa misma noche, después de lavarse la cara y prepararse para dormir, Gretel abrió su laptop como de costumbre para ordenar sus apuntes de investigación, cuando de pronto alguien llamó a su puerta.
Al abrir, se encontró con la última persona que esperaba ver.
No era Rosendo. Era Katya.
Llevaba una chaqueta acolchada color crema de marca exclusiva sobre un vestido de tirantes. Esa noche no llevaba su maquillaje exagerado; de hecho, sus facciones se veían mucho más refinadas y elegantes al natural.
—Señorita Mendoza, ¿tiene un momento? ¿Nos sentamos en la cafetería de la planta baja?

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