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El Marido que no supo perder romance Capítulo 176

Katya finalmente soltó a Alexei, limpió con satisfacción la comisura de sus labios y se despidió moviendo la mano.

—Bueno, no los interrumpo más. Tenemos que llegar a tiempo a la ópera. ¡Chao!

Dicho esto, arrastró a su novio y salió de la habitación como un torbellino.

Gretel no salía de su asombro. Nunca se imaginó que había ido hasta allí solo para restregarles su romance en la cara.

Se quedó pasmada durante un buen rato.

Justo entonces, una sombra alta se interpuso en su campo de visión.

Rosendo se paró frente a ella, levantó el brazo para cerrar la puerta a su espalda y la acorraló entre su cuerpo y la pared.

Bajó la mirada hacia ella y la nuez de Adán en su garganta se movió sutilmente.

—Gretel.

—...¿Sí?

Él no dijo nada más.

Se inclinó hacia delante, apoyando una mano contra la pared, mientras con la otra sujetaba la nuca de ella.

Y de repente, sus labios se estrellaron contra los de Gretel.

La mente de Gretel estalló como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

Sabía que debía empujarlo.

Pero cuando levantó las manos, sus dedos entraron en contacto con la fina tela de su camisa y los músculos tensos debajo de esta... y olvidó por completo cómo moverse.

Los labios de él, ligeramente frescos, devoraron los suyos. No era un beso apresurado, sino uno que estaba cargado de una paciencia calculada, como si lo hubiera planeado desde hacía mucho tiempo.

Los dedos de Gretel pasaron de intentar empujarlo a aferrarse a él. La tela sobre el pecho de Rosendo no tardó en quedar arrugada entre sus puños.

Su cuerpo fue más honesto que su mente, y lentamente, comenzó a corresponderle el beso.

Al sentir su respuesta, los ojos de Rosendo se oscurecieron y su respiración se agitó.

La mano que sostenía la nuca de Gretel se tensó, y lo que empezó como un roce suave, pronto se convirtió en un choque apasionado.

Pero él no se conformó con eso. Sus labios comenzaron a descender desde la comisura de la boca de ella, bajando por la línea de su mandíbula, pasando por su cuello, hasta llegar justo encima de su clavícula.

Su respiración cálida chocaba contra su piel, provocando una cascada de pequeños escalofríos por todo su cuerpo.

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