Entrar Via

El Marido que no supo perder romance Capítulo 178

Gretel se quedó hojeando una revista un rato, pero el sueño pudo más y se quedó dormida apoyada contra el asiento.

En medio de sus sueños, sintió cómo una manta ligera cubría sus hombros.

Se dio cuenta, pero no abrió los ojos ni se movió, aunque sus manos se apretaron ligeramente en puños sin quererlo.

Una vez que aterrizaran, tendrían que volver a su falsa fachada de «familia».

Al llegar al aeropuerto, los dos se separaron.

Zacarías Quiroga, el asistente de Rosendo, ya estaba esperándolo en la salida. Tomó rápidamente el equipaje y abrió con respeto la puerta trasera del Maybach.

Gretel arrastró su propia maleta y se marchó en otra dirección, sin apresurarse, pero sin mirar atrás ni una sola vez.

Zacarías se quedó parado, un poco confundido, antes de meterse al auto.

—Señor Almenar, ¿vamos directo a la empresa o...?

—A casa.

***

Al día siguiente, en el consultorio psicológico de Gretel.

Llevaba puesta una camisa de lino beige con las mangas remangadas a la altura de los antebrazos, dejando ver sus muñecas delgadas y blancas.

Estaba sentada detrás de su escritorio ordenando unos documentos, con el cabello recogido en un moño bajo y relajado, y un par de mechones sueltos sobre las sienes.

A las nueve y veinte de la mañana, alguien tocó a la puerta de enfrente.

Gretel no se movió, ni siquiera alteró su respiración. Sabía perfectamente que se trataba de Catalina, y lo más probable es que estuviera acompañada de Rosendo.

Tras los recientes acontecimientos, Gretel había decidido dejar de fungir como asistente, y ordenó que prepararan la oficina de enfrente para que fuera temporalmente el consultorio del Dr. Blanco.

Gretel no se equivocaba; quienes estaban tocando la puerta eran Catalina, que iba a su consulta, y Rosendo, que la acompañaba.

Él vestía un traje color gris humo con una camiseta clara debajo, desprendiendo ese aire de sofisticación y frialdad inalcanzable.

Catalina llevaba un vestido ligero de tirantes en tono amarillo pálido con estampado floral. Iba aferrada al brazo de él, con un gesto frágil que, al mismo tiempo, gritaba una fingida felicidad.

Una vez que dejó a Catalina adentro, Rosendo salió y miró de reojo la oficina de Gretel.

—Ginny, esa marca en el lado izquierdo de tu cuello... será mejor que la cubras.

Los pies de Gretel se congelaron al instante.

Llevó su mano automáticamente a ese punto. Esa marca... era la que le había dejado Rosendo el día anterior.

Sus orejas se incendiaron de vergüenza.

Regresó casi corriendo a su escritorio, sacó un poco de base de maquillaje de su bolso y, con los dedos temblorosos, cubrió la zona.

Kenzo entró detrás de ella, tomó la taza de café que ya se había enfriado y le sirvió un vaso de agua tibia.

Aunque su mente rebosaba de preguntas, al final, optó por no decir nada.

Mientras tanto, en la consulta de enfrente.

El Dr. Blanco, sentado frente a Catalina, repasaba los apuntes de la última sesión mientras se ajustaba las gafas.

—Srta. Catalina, no insistiré sobre lo que sucedió la última vez, pero hay una condición fundamental: el resto de las sesiones deberá completarlas a solas.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder