Gretel se quedó hojeando una revista un rato, pero el sueño pudo más y se quedó dormida apoyada contra el asiento.
En medio de sus sueños, sintió cómo una manta ligera cubría sus hombros.
Se dio cuenta, pero no abrió los ojos ni se movió, aunque sus manos se apretaron ligeramente en puños sin quererlo.
Una vez que aterrizaran, tendrían que volver a su falsa fachada de «familia».
Al llegar al aeropuerto, los dos se separaron.
Zacarías Quiroga, el asistente de Rosendo, ya estaba esperándolo en la salida. Tomó rápidamente el equipaje y abrió con respeto la puerta trasera del Maybach.
Gretel arrastró su propia maleta y se marchó en otra dirección, sin apresurarse, pero sin mirar atrás ni una sola vez.
Zacarías se quedó parado, un poco confundido, antes de meterse al auto.
—Señor Almenar, ¿vamos directo a la empresa o...?
—A casa.
***
Al día siguiente, en el consultorio psicológico de Gretel.
Llevaba puesta una camisa de lino beige con las mangas remangadas a la altura de los antebrazos, dejando ver sus muñecas delgadas y blancas.
Estaba sentada detrás de su escritorio ordenando unos documentos, con el cabello recogido en un moño bajo y relajado, y un par de mechones sueltos sobre las sienes.
A las nueve y veinte de la mañana, alguien tocó a la puerta de enfrente.
Gretel no se movió, ni siquiera alteró su respiración. Sabía perfectamente que se trataba de Catalina, y lo más probable es que estuviera acompañada de Rosendo.
Tras los recientes acontecimientos, Gretel había decidido dejar de fungir como asistente, y ordenó que prepararan la oficina de enfrente para que fuera temporalmente el consultorio del Dr. Blanco.
Gretel no se equivocaba; quienes estaban tocando la puerta eran Catalina, que iba a su consulta, y Rosendo, que la acompañaba.
Él vestía un traje color gris humo con una camiseta clara debajo, desprendiendo ese aire de sofisticación y frialdad inalcanzable.
Catalina llevaba un vestido ligero de tirantes en tono amarillo pálido con estampado floral. Iba aferrada al brazo de él, con un gesto frágil que, al mismo tiempo, gritaba una fingida felicidad.
Una vez que dejó a Catalina adentro, Rosendo salió y miró de reojo la oficina de Gretel.

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