Catalina levantó la vista, sorprendida.
—¿A solas?
—Sin compañía ni distracciones de ningún tipo. Una semana completa equivale a un ciclo de tratamiento. Vendrá a una hora fija, terminaremos la sesión y se marchará.
El tono del Dr. Blanco no daba lugar a discusiones:
—Es la única condición bajo la cual continuaré con su caso.
Catalina se mordió el labio inferior, lanzando una mirada disimulada hacia la puerta.
—...De acuerdo.
Después de cuarenta minutos de sesión, el Dr. Blanco salió y fue hacia la sala de espera para hablar con Rosendo.
Rosendo estaba sentado en el sofá con sus largos dedos apoyados sobre sus rodillas. Su postura parecía relajada, pero su aura imponente provocaba que las demás personas en la sala mantuvieran su distancia sin siquiera darse cuenta.
—Señor Almenar —el Dr. Blanco se sentó frente a él y fue directo al grano—. Un ciclo completo dura siete días. Después de eso, tengo que volar a Múnich para asistir a un congreso internacional, así que estaré fuera del país un tiempo.
Rosendo asintió levemente, pero su ceño se frunció de manera imperceptible.
—Durante este tiempo, su condición...
—Haré lo que esté en mis manos —respondió el Dr. Blanco, quitándose las gafas para limpiarlas antes de volver a ponérselas—, pero la psicoterapia no es como una cirugía; nadie puede dar garantías. Solo puedo decirle que, dado su estado actual, esta semana será crucial.
—Entendido —dijo Rosendo, poniéndose de pie—. Se lo agradezco, doctor.
Al regresar para recoger a Catalina, pasó de nuevo frente a la oficina de la puerta entreabierta.
Esta vez, ella sí estaba allí.
Estaba sentada revisando algo en su computadora, completamente concentrada, con una expresión apacible y serena.
Sus pasos se hicieron más lentos por un segundo y, de forma casi involuntaria, levantó un poco la mano.
Pero al instante siguiente, siguió caminando sin mirar atrás.
***
Una semana después.
Catalina estaba sentada en el consultorio, escuchando las conclusiones finales del Dr. Blanco.
Su expresión era sumamente tranquila; asentía de vez en cuando y, en otras ocasiones, mostraba un poco de confusión, comportándose tan colaboradora como siempre.
Pero en su mente... todo estaba perfectamente claro.
—¿Cata... Cata?
—Lucas —respondió ella reclinándose en el asiento, con una voz suave pero impregnada de un odio imperceptible—. Cuánto tiempo. Necesito que me hagas un favor.
El hombre al otro lado de la línea guardó silencio un par de segundos y luego preguntó entusiasmado:
—¿Qué clase de favor?
—Te lo diré en persona.
Sin darle tiempo a responder, cortó la llamada y deslizó el dedo sobre la pantalla para eliminar el registro de llamadas.
***
Al día siguiente, el Dr. Blanco partió hacia el aeropuerto rumbo a Múnich, tal como lo había planeado.
Antes de su partida, Gretel y Kenzo Varela fueron a despedirlo.
Ese día, Kenzo iba arreglado de forma casual pero elegante: llevaba un traje ajustado de color oscuro sin corbata, con el botón superior de la camisa desabrochado, emanando un aura relajada pero distinguida.
Gretel, a su lado, vestía una gabardina azul claro; el cinturón estaba atado sin apretar, pero aún así acentuaba su envidiable figura.

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