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El Marido que no supo perder romance Capítulo 180

Kenzo tomó el pase de abordar de las manos del maestro Aurelio para confirmar los datos y luego empujó su maleta hacia el mostrador de facturación.

Ya en la puerta de embarque, el maestro Aurelio los miró con una sonrisa paternal.

—Bueno, bueno, ya está. Tampoco es que no nos volvamos a ver; regreso en un mes.

—Maestro Aurelio, que tenga un buen viaje.

Gretel, de pie a su lado, le ajustó la bufanda, secundando las palabras de Kenzo.

—Avísenos cuando aterrice para saber que está bien.

—Sí, sí, ya lo sé. Ustedes dos son más insistentes que mi propia hija.

El maestro Aurelio se despidió con la mano y avanzó por el pasillo de seguridad, pero se detuvo a los pocos pasos y se dio la vuelta para gritarle a Kenzo:

—¡Cuida bien de Gretel!

Kenzo levantó la mano haciéndole el gesto de «OK».

Gretel no pudo evitar sentirse avergonzada y miró a Kenzo de reojo.

—Kenzo, espero que no le vayas con chismes al maestro Aurelio.

—Yo no he dicho nada —Kenzo se encogió de hombros con fingida inocencia, y aprovechó para ajustarle un poco la bufanda a ella—. Vamos, te llevo de vuelta.

Ambos caminaron hacia la salida. Kenzo caminaba por el lado exterior, reduciendo deliberadamente sus zancadas para ir al ritmo de ella, y de vez en cuando inclinaba la cabeza, sonriente, para hacerle algún comentario.

Estaban tan cerca el uno del otro que, desde lejos, daban la impresión de compartir una confianza inquebrantable, en la que nadie más tenía cabida.

Detrás del gigantesco ventanal de cristal del segundo piso del aeropuerto, Rosendo, que acababa de despedirse de un socio de negocios extranjero y estaba a punto de irse, se detuvo.

De reojo captó algo en la multitud...

Una gabardina azul claro, un peinado recogido, una figura delgada pero hermosa.

Era ella.

Caminaba hombro a hombro con un hombre apuesto que vestía un impecable traje oscuro.

El hombre la protegía cuidadosamente del tráfico de pasajeros e, incluso, la ayudó a esquivar a una persona que empujaba una maleta de forma descuidada.

Desde el ángulo en el que estaba Rosendo, parecía que la gran mano de aquel hombre estaba apoyada sutilmente en la parte baja de la espalda de ella...

Los pasos de Rosendo se clavaron en el suelo, y algo se revolvió violentamente en lo más profundo de su mirada.

Zacarías Quiroga, que ya había abierto la puerta del auto esperando a que subiera, notó que se había quedado pasmado y preguntó con cautela:

—¿Señor Almenar?

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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