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El Marido que no supo perder romance Capítulo 184

Gretel se quedó pasmada un segundo y levantó la mirada hacia él.

Bajo la luz de la luna, sus delicadas facciones tenían un aire más puro y etéreo; el vestido de seda color palo de rosa que llevaba puesto resaltaba su piel radiante, casi transparente.

Él sostenía a Vale con un brazo, y extendió la otra mano para intentar tomar la de Gretel, pero al ver esos ojos —lúcidos, contenidos y con una ligera capa de frialdad—, desistió.

La nuez de Adán de Rosendo subió y bajó.

—Catalina y yo...

Las pestañas de Gretel temblaron; su corazón comenzó a latir descontroladamente.

Justo en ese momento, el celular en el bolsillo de él sonó, inoportuno.

Una vez, dos veces, tres veces...

Él frunció el ceño, sin intención de contestar.

A la cuarta vez, Gretel dio medio paso atrás y dijo con calma:

—Tu teléfono.

Los ojos de él se oscurecieron. Cambió a Vale de brazo para sacar su celular.

La pantalla se iluminó y el nombre decía: Eulalia.

Rosendo apenas presionó el botón de contestar cuando la voz de Eulalia sonó apresurada y llena de pánico.

—¡Rosendo! ¡Cata, ella, tuvo un ataque! ¡Se cortó las venas! Perdió mucha sangre, estamos en el hospital... ¡Ven rápido!

La expresión de él se congeló en un instante; en sus ojos apareció una angustia y un conflicto que ni siquiera él mismo notó.

Apretó el puño y habló con voz ronca:

—...Voy para allá enseguida.

Colgó el teléfono y antes de que pudiera explicar nada, Gretel ya había extendido los brazos para recibir a Vale.

Rosendo la miró fijamente, se dio la vuelta y caminó a paso rápido.

Gretel bajó la vista; no quería pensar en su compleja mirada ni en el instante en que él dudó por medio segundo antes de subir a su auto.

Solo sabía que a esa hora, la única persona capaz de provocar una reacción así en él era alguien: Catalina.

Abrazó más fuerte a Vale, se dio la vuelta y caminó hacia la entrada del edificio.

Valentina era demasiado pequeña para entender el peso de esas palabras.

Pero pudo sentir que su mami la apretaba más fuerte y que su tono de voz había cambiado.

Escondió la carita en el pecho de Gretel, y como la niña buena que era, no volvió a preguntar.

Gretel entró al ascensor en completo silencio, abrazando a la niña.

Los espejos de acero inoxidable del ascensor reflejaban su rostro: los labios apretados en una línea fina y los bordes de sus ojos un poco enrojecidos.

Cerró los ojos, respiró hondo y cuando los volvió a abrir, volvió a ser la misma Gretel que podía soportarlo todo.

***

En el centro de la ciudad, en una habitación VIP de un hospital privado.

Cuando Rosendo llegó, la muñeca izquierda de Catalina estaba envuelta en un grueso vendaje; ella estaba recostada en la cama, con la piel pálida y los ojos hinchados por llorar. Se veía tan frágil y desamparada.

Eulalia estaba sentada al lado de la cama, con los ojos inyectados de sangre. Al ver entrar a Rosendo, se levantó de inmediato para dejarle el lugar.

—Rosendo, por fin llegaste...

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