Rosendo se acercó a la cama, sus ojos repasaron el vendaje en la muñeca de Catalina.
—¿Qué pasó?
Catalina levantó la cabeza, las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas; su rostro reflejaba un sufrimiento inmenso.
—Yo, yo no sé, de pronto mi cabeza era un caos, no pude controlarme...
Sollozó, su voz se quebraba.
—Rosendo, ¿mi enfermedad no tiene cura? El Dr. Blanco también se fue, ¿acaso, acaso me voy a convertir en una inútil el resto de mi vida?
Al escucharla, Eulalia no pudo evitar volver a llorar.
—Cata, no digas eso, a tu madre se le parte el corazón...
Rosendo se quedó en silencio por un momento, se sentó al lado de la cama y le dio unas palmaditas en el hombro, como había hecho tantas otras veces.
—No será así, no pienses tonterías.
Su tono era calmado, su mirada inalterable; no había la más mínima emoción en él.
—El Dr. Blanco regresará en un mes; mientras tanto, asignaré a otros psicólogos para que te sigan evaluando. Coopera con el tratamiento, te pondrás bien.
Catalina apretó las manos con frustración. Cuando levantó la mirada, sus ojos, llenos de lágrimas, reflejaban un leve alivio.
—Confío en ti, Rosendo, tú... tú no me abandonarás, ¿verdad?
Rosendo frunció el ceño y no respondió de inmediato. En su mente apareció de repente la imagen de Gretel bajo la luz de la luna, con su mirada fría y aquel medio paso que dio hacia atrás...
—No lo haré. Te prometí que haré que te cures.
Bajó la mirada y contestó; sus densas pestañas ocultaron todo lo que sentía en ese momento.
***
Después de eso, Rosendo pareció desaparecer de la vida de Gretel, igual que hacía cinco años.
Gretel iba al trabajo, recogía a Vale de la escuela, cocinaba y leía documentos. Su vida retomó la normalidad.
Pasó un día, dos... una semana, dos...
Gretel casi había olvidado la existencia de ese hombre, cuando sonó el timbre de la puerta.
—¿Por qué estás...
No pudo terminar la frase. Él dio un paso adelante y, de repente, la rodeó por la cintura con un brazo, pegándola contra su cuerpo.
El agua de lluvia y el frío de su ropa se traspasaron a ella, provocando que arrugara la nariz y frunciera el ceño.
Quiso apartarlo, pero Rosendo dejó caer casi todo el peso de su cuerpo sobre ella.
Él apoyó la barbilla en su hombro, apretando el abrazo, con tanta fuerza que parecía querer fundirla en sus huesos.
Gretel se quedó inmóvil.
Podía sentir que él estaba inestable emocionalmente; su respiración era rápida y sofocada, como si estuviera reprimiendo algo.
—...¿Rosendo?
Tras un silencio de varios segundos, ella suspiró resignada y cedió.
—Pasa. Estás empapado, necesitas una ducha caliente y ropa seca.
Él no dijo nada, simplemente la soltó y entró con la mirada baja detrás de ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder