—...Tienes fiebre, levántate y tómate la medicina —dijo ella, acercándole las pastillas a la boca.
Rosendo, aún medio dormido, abrió la boca y las tragó; luego, bebió dos sorbos de agua del vaso que ella le ofrecía.
Y justo cuando ella iba a retirar la mano, él la agarró por la muñeca.
—Me duele la cabeza.
Su ceño seguía apretado y su voz sonaba tan ronca que apenas se podía escuchar.
Gretel miró su muñeca apresada, pero no se zafó.
—Suéltame, te daré un masaje.
Él la soltó. Primero ella llamó a su asistente Héctor para decirle que se encargara de reprogramar a los pacientes del día, y luego se colocó detrás de él, apoyando los dedos en sus sienes.
Las suaves y delicadas yemas de sus dedos comenzaron a hacer movimientos circulares de forma lenta.
El ceño de Rosendo se relajó un poco, y su respiración se volvió más estable.
Después de un largo rato, al creer que se había vuelto a dormir, ella estaba a punto de retirar las manos, cuando él habló con voz ronca:
—Gretel Mendoza.
—...Sí, aquí estoy.
Él no dijo más.
Ella tampoco habló.
Media hora más tarde, una respiración profunda y constante provino del hombre en el sofá, y Gretel fue a la cocina.
Preparó un plato de sopa de fideos, le echó un huevo poché y, antes de servirlo, lo espolvoreó con cebollín.
Cuando llevó el plato a la mesa, Rosendo ya estaba despierto.
La manta estaba doblada cuidadosamente en una esquina del sofá; él estaba recostado allí, con el rostro aún algo pálido, pero con la mirada mucho más lúcida.
La observó colocar la sopa sobre la mesita, y su vista se detuvo por un segundo.
Sopa de fideos, un huevo poché y cebollín...
Igualito a aquel plato de hace tantos años.
En ese entonces todavía no estaban divorciados, y cuando él volvía de eventos de negocios, ella solía ir en silencio a la cocina.
A veces le preparaba una sopa de fideos, otras veces un vaso de agua con miel.

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