Vale asomó la cabeza desde el sofá al escuchar el ruido y, al ver quién era, se le iluminaron los ojos:
—¡¿Tío Sendo?!
Luego, la niña ladeó la cabeza, sus enormes ojos llenos de confusión.
—Tío Sendo, ¿pol qué estás tan mojado?
Rosendo miró a Vale y su mirada se suavizó; apenas asintió sin fuerzas.
Gretel lo empujó hacia el baño. Luego sacó del armario un suéter ancho de color amarillo mostaza y se lo entregó por una rendija de la puerta:
—Este está limpio.
Él lo tomó; cuando sus dedos rozaron el dorso de la mano de ella, estaban aterradoramente fríos.
Gretel apretó los labios y se dirigió a la cocina.
Cortó unas rodajas de jengibre, calentó agua y le echó un poco de azúcar mascabado.
En poco tiempo, un aroma dulce y picante inundó la cocina.
Cuando salió con la infusión de jengibre, Rosendo ya se había bañado, cambiado de ropa y estaba sentado en silencio en el sofá.
El suéter amarillo mostaza le quedaba a la medida, pero le daba una imagen totalmente distinta a la que proyectaba con sus trajes elegantes y finos.
Sin saber en qué momento, Valentina se había subido al sofá junto a él y extendió sus bracitos regordetes para tocarle la cara.
—Tío Sendo, ¿estás enfelmo? Tienes la cala muy pálida.
—...No.
—Mentila. —Vale hizo un puchero—. Mami dice que si tienes la cala pálida, es polque te sientes mal. ¿Te sientes mal, tío Sendo?
Rosendo miró aquel rostro preocupado y serio de la niña. Se quedó en silencio un par de segundos y la abrazó.
Vale no se resistió; en cambio, lo rodeó por el cuello con sus bracitos y le dijo con dulzura:
—Yo te soplo, mami dice que si te sopló, ya no te dolelá.
Él cerró los ojos, con la mandíbula completamente tensa.
Gretel observó la escena sin intervenir. Solamente colocó la taza en la mesita con expresión calmada y dijo:
—Infusión de jengibre. Tómatela para que entres en calor.
Él la miró, dio las gracias y se bebió la infusión de un solo trago.

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