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El Marido que no supo perder romance Capítulo 191

Lucas Paredes miró la expresión de Catalina, quien parecía agraviada pero se esforzaba por mostrarse comprensiva con Rosendo. Con el alcohol subiéndosele a la cabeza y en un arranque de impulsividad, soltó:

—Es lógico, después de todo, la exesposa está sentada justo aquí. Hay que tener cuidado.

La mesa entera se quedó de piedra.

Un destello de pánico cruzó la mirada de Catalina, pero lo reprimió de inmediato. Apretó los puños y no pudo evitar maldecir en su mente: «Idiota».

¡Ella quería que Gretel, esa infeliz, pasara vergüenza, que no supiera dónde meterse y se convirtiera en el blanco de las críticas, pero no quería que nadie se enterara de la relación entre ella y Rosendo!

Sin embargo, Lucas parecía no tener frenos. Miró a Gretel con frialdad y continuó:

—Disculpe, doctora Ginny, hablé de más. Pero Rosendo y usted llevan tanto tiempo divorciados que no debería importarle, ¿o sí? ¿Acaso... todavía hay algo entre ustedes?

Sonrió con un tono frívolo, sin una pizca de respeto.

El año de matrimonio entre Rosendo y Gretel era un secreto para la mayoría. Con ese comentario, Lucas acababa de romper la única barrera que lo ocultaba.

Gretel apretó su copa y luego relajó la mano. Después de un largo momento, la dejó sobre la mesa y se puso de pie, con el rostro inexpresivo.

—Disculpen, tengo un asunto que atender en la clínica. Me retiro.

Sin esperar respuesta, tomó su bolso y se dirigió hacia la salida.

Sus pasos eran tan tranquilos como siempre, con la espalda recta, sin dejar ver la más mínima señal de vulnerabilidad. Pero solo ella sabía que las yemas de sus dedos temblaban, heladas...

Apenas salió del salón de banquetes, escuchó pasos acercándose a sus espaldas.

—Gretel.

Era Rosendo.

Ella no se detuvo; de hecho, aceleró el paso hacia los ascensores.

Él la alcanzó en un par de zancadas y le sujetó la muñeca para obligarla a detenerse.

—Suéltame —dijo Gretel sin darse la vuelta. Su voz sonó un par de grados más fría de lo habitual.

—...Te llevo.

—No hace falta. —Se soltó de un tirón y por fin se giró para mirarlo.

El vestido de terciopelo negro resaltaba su tez luminosa. La fina cadena sobre su clavícula subía y bajaba al compás de su respiración.

Pero su expresión era gélida, como un témpano de hielo imposible de derretir...

—Rosendo, te lo he dicho muchas veces —dijo con voz plana—. No vuelvas a buscarme.

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