Rosendo no contestó. En silencio, siguió las instrucciones de Gretel y se acomodó en el sillón de terapia que estaba a un lado.
Su estatura de más de un metro ochenta lo hacía ver un tanto apretado en el diván, pero al cerrar los ojos, la tensión entre sus cejas comenzó a disiparse lentamente.
Gretel bajó la intensidad de las luces y, con un tono de voz monótono y relajante, comenzó a guiarlo en unos ejercicios de respiración.
Cinco minutos más tarde, su respiración se volvió profunda y rítmica.
Se había quedado dormido.
Ella detuvo la terapia, regresó a su escritorio y continuó con su trabajo, levantando la vista de vez en cuando para observar el sillón.
Durmió desde las tres de la tarde hasta pasadas las seis.
Gretel no lo despertó.
A las seis y diez, unos pasos resonaron en el pasillo de la clínica y poco después alguien tocó suavemente la puerta.
Gretel echó un vistazo a Rosendo, que seguía respirando plácidamente, y se levantó para abrir.
—Buenas tardes, doctora Mendoza. El señor Almenar... —Era Zacarías Quiroga.
Se detuvo a mitad de la frase al ver a su jefe profundamente dormido en el diván.
Se quedó perplejo un par de segundos, con una expresión de desconcierto.
—¿Ocurre algo? ¿Necesita que lo despierte? —preguntó Gretel.
—No, no, para nada —respondió Zacarías, bajando la voz y mirándolo con cierta pena—. El señor Almenar últimamente... no ha estado muy bien. A veces se queda distraído durante las juntas.
—Al revisar el registro de su casa inteligente, noté que estos últimos días ha estado pidiendo café a las tres o cuatro de la madrugada...
Dicho esto, volvió a mirar hacia el diván antes de regresar la vista a Gretel.
—Llevo casi siete años trabajando para él y nunca lo había visto así.
El rostro de Gretel se mantuvo inexpresivo, pero su mano se aferró con más fuerza a la perilla de la puerta.
Entendía perfectamente lo que Zacarías quería decirle.
Rosendo siempre había sido como un robot con un horario programado; incluso a la hora de dormir.
Cuando no tenía trabajo, a las nueve y media se lavaba los dientes y a las diez ya estaba en la cama. Si había trabajo, a más tardar a las once de la noche ya estaba acostado.
Pero ahora...
—Entiendo —dijo ella.

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