Rosendo se apoyó contra la pared y se levantó torpemente. Ver a un hombre de más de un metro ochenta, completamente empapado en un baño tan pequeño, resultaba intimidante.
Gretel evitó mirarlo, salió a toda prisa y sacó un conjunto deportivo de hombre completamente nuevo.
Era ropa que el tío Kenzo le había pedido que le comprara en su último viaje de negocios. Como había olvidado entregársela, se había quedado guardada en casa.
—Es nuevo. Cámbiate esa ropa mojada —le dijo, dejando las prendas sobre el mueble del baño, y se dio la vuelta para salir.
Diez minutos después, Rosendo apareció con la ropa deportiva que no era de su talla. Sus ojos oscuros ocultaban emociones indescifrables.
Apenas salió del baño, se notó que no se había secado el cabello; las gotas de agua aún escurrían.
Al verlo, Gretel le lanzó una toalla.
—Sécate, vas a mojar todo el piso.
Rosendo la atrapó en el aire y se sentó en el sofá con total naturalidad.
Al notar que no tenía ninguna intención de marcharse, ella se detuvo.
—Tú...
Él se colocó la toalla sobre los hombros y empezó a secarse el pelo despacio. Su voz había recuperado casi todo su tono grave habitual, aunque todavía quedaba un leve rastro de ronquera.
—Me iré mañana a primera hora.
Ella lo observó durante un par de segundos.
—Como quieras.
En ese estado y negándose a ir a un hospital, la verdad es que tampoco se quedaba muy tranquila dejándolo ir.
Cerca de las dos de la madrugada, Gretel salió de su cuarto de puntillas.
No había podido pegar el ojo; la preocupación no la dejaba descansar.
Con las luces de la sala apagadas, apenas podía distinguir una silueta en el sofá.
Encendió la pantalla de su teléfono para iluminar un poco y, al acercarse, vio que Rosendo no se había tapado con nada y seguía usando aquel conjunto deportivo.
Frunció el ceño y le tocó la frente.
Estaba ridículamente frío.
Temiendo que pescara un resfriado o una fiebre, se dio la vuelta para buscar una cobija, pero él le sujetó la muñeca.
No fue un agarre agresivo, pero tampoco pudo zafarse.
—...¿Rosendo?

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