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El Marido que no supo perder romance Capítulo 200

Gretel recorrió la encimera con la mirada: tres platillos diferentes y un tazón de avena calentita, todo servido con una presentación impecable.

Apartó la vista y respondió con un tono indiferente:

—Cuando termines, deja la cocina limpia.

Dicho esto, se dio la vuelta para ir a despertar a Vale.

Rosendo se quedó observando su espalda con cierta frialdad, y frunció ligeramente el ceño.

Justo cuando se daba la vuelta para servir la avena, escuchó la voz de Vale a sus espaldas.

—¿Tío Sendo? ¿Por qué estás en mi casa? ¿Y por qué llevas la ropa del tío Kenzo?

La alegría que había sentido al oír a la niña se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.

Se quedó paralizado. Bajó la mirada para ver la camiseta ajustada que llevaba puesta, y, cuando volvió a alzar la vista, algo oscuro empañaba sus ojos.

—¿Tío Sendo?

La pequeña se frotó los ojos.

—Vale, el tío Sendo está preparando el desayuno. Vamos a lavarnos la carita —dijo Gretel, que había regresado sin que se dieran cuenta, y tomó a la niña de la mano para llevarla al baño.

Rosendo apretó los puños y se dedicó en silencio a servir la comida.

Cuando Gretel y Vale salieron, él ya no estaba.

No le dio mucha importancia. Como siempre, dejó que Melisa llevara a Vale al jardín de niños, y ella se preparó para ir a la clínica.

Sin embargo, pronto descubrió que deshacerse de Rosendo iba a ser mucho más difícil de lo que pensaba.

El primer día, al volver del trabajo, se lo encontró esperándola en la puerta con dos bolsas llenas de comida. Le dijo que le había sobrado del supermercado.

Al segundo día, usó una llave de repuesto para entrar con todo el descaro del mundo. Cuando le reclamó, él le aseguró que Vale se la había dado.

Al tercer día, nada más abrir la puerta, el olor a costillas de cerdo inundó la casa. Vale, sentada en el comedor con la cara manchada de arroz, la saludó con la mano:

—¡Mami! ¡Las costillas que hizo el tío Sendo están riquísimas!

Gretel tuvo que ver todos los días a ese hombre con su delantal de flores, moviéndose de un lado a otro por su cocina, y de pronto se vio incapaz de encontrar las palabras para correrlo.

Rosendo salió con la última sopa y la miró.

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