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El Marido que no supo perder romance Capítulo 2

La intención original de la familia Mendoza era quedarse con ambas niñas, ofreciendo una compensación económica a la otra familia, pero los padres adoptivos de Gretel exigieron recuperar a su verdadera hija. De la noche a la mañana, Gretel cambió de padres, y poco después, le fue impuesto un prometido por conveniencia: Rosendo Almenar.

Los Mendoza y los Almenar eran familias amigas de toda la vida. Habían pactado esa unión dos décadas atrás para consolidar inversiones millonarias en múltiples proyectos. Además de los profundos lazos económicos, se rumoreaba que existía una antigua deuda de honor entre los abuelos. Por lo tanto, Gretel no tuvo otra opción que casarse con él.

Sin embargo, a los ojos de Catalina, ella era una invasora. Alguien que no solo le había arrebatado a los padres que tanto la mimaban, sino también al prometido con el que había crecido.

Tras la boda entre Gretel y Rosendo, Catalina quedó tan devastada que paralizó su carrera artística. Se marchó al extranjero y, en una actitud autodestructiva, comenzó a practicar deportes extremos. Incluso se rumoreó que estuvo a punto de fracturarse el brazo, lo que habría arruinado su futuro como pianista. Cuando Rosendo finalmente logró convencerla de que regresara al país, Catalina apareció llorando frente a Gretel. Se arrodilló, suplicándole, confesando que estaba embarazada de Rosendo y rogándole que le concediera el divorcio para que pudieran estar juntos.

Ahora que, tras mucho esfuerzo, la vida de Catalina por fin había tomado el rumbo que ella deseaba, era completamente normal que sintiera recelo al verla.

Pero, contra todo pronóstico, Catalina la alcanzó en la salida.

—Gretel, ¡qué sorpresa! ¿También viniste a pedir por tu bienestar?

Al escuchar la voz a sus espaldas, Gretel se tensó y detuvo el paso.

—Sí —respondió secamente.

Catalina ya había recuperado la compostura. Sostenía a Thiago con una mano y, con la otra, se aferraba al brazo de Rosendo. Su sonrisa irradiaba una felicidad deslumbrante.

—El tiempo vuela, ¿verdad? Creo que hace cinco años que no nos veíamos. No esperaba encontrarte justo al volver al país. Antes de irnos al extranjero, Rosendo vino aquí a pedir un milagro para que mi embarazo saliera bien. Hoy vinimos a darle las gracias a la Virgen.

La mirada de Gretel se desvió hacia el brazo de Rosendo, firmemente sujeto por Catalina, y luego bajó hasta la muñeca del hombre, donde colgaban unas cuentas de sándalo.

En sus recuerdos, Rosendo jamás había creído en lo místico. Siempre fue un hombre calculador, estricto, que solo confiaba en sus propias capacidades. Le resultaba imposible imaginar a un hombre tan guiado por la lógica arrodillado frente al altar, juntando las manos para rezar con fervor por la mujer que amaba.

—¿De verdad? —murmuró Gretel, regresando a la realidad. Mantuvo su tono cortés—. Pues muchas felicidades.

Catalina parecía evidentemente satisfecha con su reacción.

Luego, miró con curiosidad al hombre que acompañaba a Gretel:

—Dime... ¿es tu novio?

El rostro de Rosendo era un muro de hielo, pero al escuchar esa pregunta, le dirigió a Gretel una mirada rápida y sombría. Tras tantos años, los delicados rasgos de la mujer seguían destilando la misma frialdad y terquedad de siempre; de hecho, esa barrera de distancia parecía aún más impenetrable que cinco años atrás. Solo la observó un segundo antes de apartar la vista.

En medio del bullicioso santuario, el pequeño círculo que habían formado emanaba una tensión extraña e incómoda. Hasta la cita a ciegas de Gretel lo notó.

Capítulo 2 1

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