Lio soltó un grito y se echó a llorar a mares.
La mujer jamás imaginó que la situación daría un giro tan drástico. Completamente atónita, se lanzó sobre su marido y empezó a golpearlo.
—¿¡Estás loco!? ¿¡Por qué le pegas al niño!?
—¡Cierra la boca! —le gritó él. Aún temblando, se volvió hacia Rosendo con una sonrisa nerviosa y le hizo una reverencia profunda.
—Se... Señor Almenar, mil disculpas. ¡Ha sido culpa mía por no educarlo bien! ¡Le juro que lo corregiré en casa!
La mujer intentó abrir la boca de nuevo, pero el hombre la tomó bruscamente del brazo y agarró a Lio por la muñeca para sacarlos a rastras.
—¡Cállate! ¡Vámonos ya! ¡Si no quieres que perdamos todo, muévete!
—¡Suéltame! Lio no hizo...
—¡Ese es Rosendo Almenar! ¡El presidente de Corporación Almenar! ¡Él nos da de comer! Si sigues armando un escándalo, juro que te pido el divorcio.
La mujer se puso pálida como el papel y no se atrevió a luchar más.
Cuando Lio era arrastrado por la puerta, giró la cabeza de pronto. Con la cara bañada en lágrimas y mocos, le gritó a Valentina:
—¡Vale! ¡Es que eres muy bonita! ¡Te quielo, solo te jalé el cabello para jugal contigo! Peldón...
Valentina, que ya estaba en los brazos de Rosendo, asomó su cabecita por encima del hombro del hombre. Arrugó su carita hasta parecer un pequeño bollo y replicó:
—Mi mami dice que cuando quieles a alguien no dejas que le pase nada malo. Tú no me quieles nada.
Tras la partida de la familia, la Maestra Julia se sintió aún más intimidada.
Había visto a ese hombre recoger a Valentina un par de veces, pero no tenía idea de que poseía tal poder. ¡El Sr. Estrada parecía un simple insecto frente a él!
—Tío Sendo —murmuró Valentina, haciendo un puchero con los ojos llorosos.
Rosendo la sostuvo con un brazo y usó la otra mano para inspeccionar la marca roja en su piel.
—¿Te duele mucho?
—Un poquito... —La voz de la niña era dulce, pero ronca por el llanto.

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