—Lucas, cuida tus palabras.
La voz no fue alta, pero la presión que emanaba hizo que a Lucas se le cerrara la garganta, incapaz de articular un solo sonido.
Rosendo apartó la mirada y se volvió hacia Gretel.
—Vamos, te llevo a casa.
Gretel se quedó mirando la marca roja e hinchada en su mejilla derecha por unos segundos. Algo en su interior se conmovió, y finalmente caminó detrás de él.
***
En el departamento de Gretel.
Cuando ambos llegaron, Melisa ya había acostado a Valentina. En la sala de estar solo estaba encendida una lámpara de pie.
Gretel le dio las gracias a la niñera y la acompañó a la salida. Luego, sacó el botiquín, tomó algodón y desinfectante, y se sentó en el sofá.
Palmeó el asiento junto a ella. Rosendo detuvo el movimiento que hacía para quitarse el saco, se acercó y se sentó a su lado.
Bajo la luz de la lámpara, el moretón en su pómulo era muy evidente, y tenía una pequeña herida en el labio.
Llevaba el cuello de la camisa ligeramente abierto y la tela estaba llena de arrugas. Ese aspecto contrastaba drásticamente con el hombre riguroso y perfeccionista que solía ser.
Gretel suspiró para sus adentros y levantó la mano para tocarle el rostro.
Él ladeó la cabeza, facilitándole el trabajo.
—¿Te duele?
—...No.
Cuando el algodón rozó la herida, él ni siquiera frunció el ceño.
Gretel bajó la mirada, concentrada por completo en limpiar los cortes.
Con el rostro girado, él no podía ver sus expresiones, pero sentía con claridad el cálido aliento de ella chocando contra su piel.
Olía a su característico perfume de té blanco.
Cuando ella terminó de colocarle un parche y estaba a punto de apartarse para guardar las cosas, él de pronto le sujetó la nuca y se inclinó para besarla.
Al descubrir que Rosendo se había peleado por defender a Gretel, el corazón de Catalina se llenó de celos y odio, y de inmediato le reenvió las fotos a Eulalia.
Por supuesto, también incluyó las fotografías que un investigador privado le había tomado a Rosendo entrando al departamento de Gretel la noche anterior.
El rostro de Eulalia palideció al instante, y su mirada se volvió sombría.
A las dos de la tarde, entró por segunda vez en la oficina presidencial de la Corporación Almenar.
Esta vez no llevó nada consigo, pero tampoco traía una expresión amigable.
—Rosendo, ¿qué significa que anoche llevaras a Gretel a tu fiesta privada? —preguntó yendo directo al grano.
Rosendo estaba firmando unos documentos. La punta de su pluma se detuvo y levantó la vista.
Llevaba un traje de dos piezas en azul marino, con el chaleco y los pantalones perfectamente planchados sobre una sobria camisa gris oscuro. Se veía tan imponente y enigmático como siempre.
Sin embargo, el moretón en su mejilla derecha aún era visible, cubierto apenas por el parche color piel que Gretel le había puesto esa mañana.
—Señora, recuerdo haberle dejado las cosas muy claras la última vez.

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