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El Marido que no supo perder romance Capítulo 238

Valentina levantó la cabeza y limpió su rostro con sus manitas regordetas.

—Tío Sendo, ¿por qué estás llorando? ¿Tú también extrañas mucho a mami?

La mandíbula de Rosendo estaba tensa y las venas de su cuello estaban remarcadas.

No respondió. Simplemente la abrazó con más fuerza.

Sofía entró a la habitación y al ver esa escena, sintió que el corazón se le estrujaba.

Intentó ocultar su tristeza lo mejor que pudo y se acercó para tomar a Valentina en brazos.

—Mi niña hermosa, ven, la abuela te llevará abajo a comprar un pastelito de fresa. Dejemos que el tío Sendo acompañe a mami un rato, ¿te parece?

La niña asintió obedientemente y, volteando a mirar hacia la cama a cada paso, salió de la habitación de la mano de Sofía.

La puerta se cerró una vez más.

Rosendo dejó escapar el aire contenido y se sentó en la silla junto a la camilla.

Se inclinó hacia adelante, tomando con ambas manos la mano de Gretel que no tenía canalizada la vía intravenosa.

Acto seguido, ocultó su rostro profundamente en la palma de ella.

—Gretel.

Su voz estaba desgarrada, impregnada de un temblor al borde del colapso absoluto.

—Hace seis años, la primera vez que te vi en la casa de tu familia...

—Llevabas un vestido blanco muy sencillo y estabas parada cerca de las escaleras.

—Nunca se lo he dicho a nadie, pero ese día, no pude dejar de mirarte.

—Eras como una joya divina que cayó al mundo terrenal. Con solo estar ahí de pie, atrapaste toda mi atención...

Rosendo levantó la cabeza, dejando al descubierto sus ojos inyectados en sangre. Su mirada obsesiva se clavó en el rostro pálido de ella.

Siempre había sido frío, distante y de emociones ocultas.

En ese momento, todas sus murallas estaban destrozadas.

—Despierta, Gretel —susurró, frotando la mano de ella contra su propia mejilla—. Solo abre los ojos. Te daré lo que me pidas.

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