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El Marido que no supo perder romance Capítulo 237

Durante los últimos días, para poder cuidar mejor de Gretel, Rosendo había trasladado su oficina a la pequeña sala de espera fuera de la habitación VIP.

Esa tarde, justo después de terminar una junta internacional, el médico a cargo entró con rostro serio y las tomografías más recientes en la mano.

—Señor Almenar... —comenzó con evidente pesar—. El coágulo en el cerebro de la señorita Mendoza está ejerciendo presión sobre sus nervios. Si no logra despertar durante el transcurso de esta semana... es muy probable que quede en estado vegetativo.

Rosendo, sentado en el sofá, se quedó paralizado. No reaccionó ni siquiera cuando el médico, tras lanzar un largo suspiro, salió de la habitación.

No supo cuánto tiempo había pasado hasta que se escuchó el ruido de la puerta abriéndose. Sofía Almenar entró con un termo de comida en las manos.

Al ver las canas que habían aparecido de forma repentina en las sienes de su hijo, sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Respiró profundo, intentando contener el llanto, se acercó a él y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Rosendo, no seas tan duro contigo mismo. Gretel es una buena persona, la vida la protegerá. Estoy segura de que despertará. Tienes que cuidarte; si no, cuando abra los ojos y te vea en este estado, le dolerá en el alma.

Durante todos esos días, Valentina había estado viviendo con ella en la mansión. Nadie se atrevía a decirle la verdad a la niña, simplemente le explicaban que Gretel estaba en un viaje de negocios.

Las pupilas de Rosendo temblaron ligeramente. Bajó la cabeza, entrelazó las manos apoyándolas en la frente, y habló con la voz completamente rota.

—Mamá, no tuve tiempo de decírselo...

Decirle que se arrepentía de todo desde hacía muchísimo tiempo.

Al día siguiente, Rosendo llevó a Samuel Soler al hospital.

—Rosendo, ¿para qué me trajiste aquí? —preguntó Samuel, ataviado con una holgada sudadera de moda, rascándose la cabeza con total desconcierto.

—A que veas a alguien.

Con un brillo indescriptible en la mirada, Rosendo abrió la puerta de la habitación.

Samuel entró detrás de él. Su mirada se fijó en el rostro pálido de la mujer recostada en la cama, cubierta con una mascarilla de oxígeno.

—¿Mi amiga de internet?

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