Rosendo Almenar estaba frente a la isla de la cocina, sosteniendo un cuchillo de chef mientras preparaba un corte de Wagyu grado 9.
Ese día no llevaba sus habituales y estrictos trajes o camisas de diseñador, sino que se había puesto ropa cómoda y oscura para estar en casa.
La camisa era de manga corta, dejando a la vista gran parte de sus brazos musculosos y bien definidos.
Sus movimientos eran elegantes, desprendiendo una nobleza que parecía innata en él.
—Rosendo —lo llamó Gretel.
Él no detuvo lo que estaba haciendo, solo giró la cabeza para mirarla y respondió con su voz profunda:
—¿Tienes hambre?
—No. —Gretel se quitó la manta, caminó hacia él y lo miró desde el otro lado de la isla—. Selene ya llegó a Los Ángeles. Seguro te has dado cuenta de lo que siente por Patricio. Me está pidiendo su dirección.
Rosendo dejó el cuchillo sobre la mesa, tomó una toalla cercana para limpiarse las manos, se dio la vuelta y la miró con esos ojos oscuros e imperturbables.
—El paradero de Patricio se considera secreto corporativo —dijo con un tono indiferente, sonando extremadamente profesional—. ¿De verdad crees que la señorita Mendoza puede conseguirlo con solo abrir la boca?
Gretel enarcó una ceja.
—¿Y qué propones?
Rosendo se inclinó ligeramente hacia adelante, y la distancia entre ambos se redujo al instante.
El aroma a bergamota y madera oscura, mezclado con el ligero olor a su gel de ducha, llegó hasta ella. Olía sorprendentemente bien.
—Suplícame —dijo, abriendo apenas sus finos labios para pronunciar esa palabra.
La expresión de Gretel no cambió. Esbozó una pequeña sonrisa, se dio media vuelta y empezó a alejarse.
—Olvídalo. Con los contactos que tiene Selene, no le costará mucho trabajo averiguar dónde está.
Apenas dio el primer paso, escuchó unas pisadas a sus espaldas. Al segundo siguiente, sintió una mano grande y cálida agarrándole la muñeca.
Con un ligero tirón, Rosendo la jaló hacia él.
Gretel bajó la mirada, y sus largas pestañas proyectaron una sombra sobre sus mejillas.
—Rosendo, necesito tiempo.
Su voz era apenas un murmullo, pero destilaba absoluta claridad.
La mirada del hombre se oscureció. La mano que sostenía la cintura de Gretel se tensó por un segundo pero, al final, la fue soltando lentamente.
—Está bien. —Retrocedió medio paso, recuperando al instante su usual semblante frío e inalcanzable—. Te esperaré.
Gretel no añadió nada más. Dio media vuelta y regresó al sofá.
Tomó su celular y le envió la dirección a Selene.
Mientras tecleaba, dudó un momento, pero finalmente decidió borrar la frase de que Patricio ya tenía a alguien en su corazón.
En cuestiones del corazón, los terceros salían sobrando.

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