Durante la discusión previa, la Sra. Linares se había fijado en el collar y la pulsera de Gretel.
Pudo reconocer a simple vista que eran piezas originales que valían millones, mientras que el supuesto brazalete robado era una simple réplica de alta calidad por la que apenas había pagado unos cientos de pesos.
Daba por sentado que Gretel era solo la amante, que no se atrevería a armar un escándalo por miedo a que los rumores llegaran a los oídos de la «verdadera señora Almenar». Todo este teatro tenía un solo propósito: adueñarse de las joyas auténticas que Gretel llevaba puestas.
—¿Tiene alguna prueba? —Gretel se recostó en la silla, imperturbable.
—¿Pruebas? ¡¿Tienes tú alguna prueba de que no lo robaste?! —replicó la mujer, apuntando a su muñeca—. Eso que llevas es de la colección Alhambra, ¿no?
—Señoras, por favor, juzguen ustedes mismas. ¿Cómo podría una simple psicóloga permitirse piezas originales? ¡Seguro que lo que lleva puesto es una falsificación barata y, al ver mi joya de verdad, le entró la codicia y me la robó!
Gretel no dijo ni una palabra.
La instructora del taller estaba sudando a mares por la ansiedad.
Llevaba años trabajando allí y nunca se había topado con una situación así. Todas esas mujeres eran de familias ricas; no podía darse el lujo de ponerse del lado de ninguna. Estaba paralizada.
La Sra. Linares empezaba a ponerse nerviosa. Su plan era una trampa descarada, y si dejaba pasar más tiempo, corría el riesgo de que el tiro le saliera por la culata.
Apretó los dientes y fingió ser magnánima:
—Olvídalo, no vale la pena hacerme mala sangre por una muerta de hambre como tú. Solo por respeto al señor Almenar, si me entregas tus imitaciones como compensación, dejaré pasar este asunto.
El salón estalló en murmullos.
—No puede ser, ¿de verdad la señora Linares es tan generosa? Ese brazalete vale, por lo menos, seis cifras. Si acepta que la doctora Mendoza le pague con una réplica, va a perder muchísimo dinero.
El monto total superaba las ocho cifras.
Todas las mujeres presentes soltaron un jadeo ahogado.
¡Ocho cifras! Por mucho que sus esposos las consintieran, los regalos más caros apenas llegaban a algunos cientos de miles; una pieza de ese valor era algo excepcionalmente raro. Jamás imaginaron que esta psicóloga, aparentemente sencilla, llevara colgada del cuello semejante fortuna...
Lo que ellas ignoraban es que, como la estudiante estrella del maestro Aurelio y la experta en psicología de mayor prestigio internacional conocida como Ginny, la tarifa por hora de Gretel partía desde las seis cifras...
Si seguía viviendo en aquel pequeño departamento céntrico, era solo porque estaba acostumbrada, y además, para proteger su identidad como Dra. Ginny, necesitaba mantener un perfil bajo.
Gretel recuperó su celular, con una expresión de hielo.
—Lo siento, pero mis pruebas ya están sobre la mesa. Ahora, señora Linares, ¿sería tan amable de mostrar las pruebas que respaldan sus acusaciones en mi contra?

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