Dos horas después, en el Residencial Bahía Bruma.
La sala y el comedor estaban adornados con globos y serpentinas de colores.
Catalina llevaba puesto un revelador vestido de seda color champán, con un escote tan profundo que exhibía demasiada piel. Con un maquillaje impecable, se veía deslumbrante y seductora.
Thiago llevaba un gorrito de fiesta y saltaba en su silla, lleno de alegría.
—¡Papá! ¡A comer pastel! —El niño levantó un pedazo atiborrado de crema y se lo acercó.
Rosendo lo tomó, pero no le dio un bocado.
Agarró una toallita húmeda y le limpió la crema que tenía manchada alrededor de la boca.
—No es bueno comer tanto dulce de noche, te vas a la cama temprano —le dijo con tono sereno.
Dicho esto, miró su reloj de pulsera, se levantó de la silla y tomó su saco, dispuesto a marcharse.
De repente, Thiago rompió a llorar.
—Papá... me duele todo...
Catalina escondió la malicia en sus ojos y lo miró con desesperación fingida.
—¡Rosendo, ¿qué le pasa a Thiago?!
¿Qué le pasaba?
Para asegurarse de que Rosendo no se fuera, media hora antes Catalina le había administrado al niño una píldora que elevaba la temperatura corporal.
El efecto comenzaba a los veinte minutos y los síntomas eran idénticos a los de una fiebre altísima: cuerpo ardiendo, frente hirviendo y respiración agitada.
Rosendo frunció el ceño. Soltó el saco y se acercó rápidamente. Al ver que el niño tenía la cara roja como un tomate, le puso la mano en la frente.
Quemaba.
El niño parecía delirar por la fiebre. Aferró sus manitas a la camisa de Rosendo, murmurando de forma incoherente:
—No te vayas, papá... No me dejes...
Al ver a Thiago al borde de la inconsciencia por la fiebre, la preocupación en el rostro de Rosendo se profundizó.


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