Catalina estaba furiosa. No estaba dispuesta a aceptar la derrota.
Pero pronto, una sonrisa maquiavélica asomó a sus labios.
Todo lo que había hecho hoy tenía como único objetivo lo que estaba a punto de ocurrir...
***
A medianoche, en Villa Colina del Sur.
Valentina ya estaba profundamente dormida. Gretel, recién salida de la ducha, llevaba puesto un camisón de seda color perla. Su cabello, aún húmedo, caía suelto sobre sus hombros.
Se sentó en el sofá de la sala a revisar algunos correos y, de paso... a esperar.
En ese instante, una notificación de WhatsApp saltó en la pantalla de su computadora portátil.
Era una foto enviada por Catalina.
En la imagen se veía a Rosendo, recostado contra la cabecera de la cama, durmiendo plácidamente. Thiago estaba acurrucado en su pecho. Y en una de las esquinas del encuadre, estratégicamente enfocada, asomaba la curvatura desnuda de un hombro femenino.
La estampa era tan cálida e íntima que gritaba a los cuatro vientos: una familia de tres, durmiendo juntos en la misma cama.
Gretel miró fijamente la pantalla durante varios segundos. Su dedo quedó suspendido sobre el panel táctil hasta que, finalmente, cerró la ventana del chat.
En el fondo de su pecho, sintió que le robaban el aire, dejándola completamente vacía.
A la mañana siguiente, Rosendo llegó a casa muy temprano.
Se había cambiado de ropa; llevaba una camisa blanca con sutiles relieves y unos pantalones de vestir grises.
Gretel estaba sentada en el comedor acompañando a Valentina en su desayuno. Al escuchar sus pasos, ni siquiera alzó la vista.
Solo la pequeña levantó el rostro y, con los ojos brillando de emoción, gritó:
—¡Tío Sendo!
Rosendo se acercó a acariciar la cabeza de la niña, pero sus ojos estaban fijos en Gretel.
—Anoche...
—Vale, mi amor, cuando termines ve por tu mochila, que mami te llevará al kínder —lo interrumpió de tajo, colocando un huevo pelado en el platito de la niña.
La habitación estaba iluminada únicamente por la tenue luz de una lámpara de noche. Con la mirada ensombrecida, se acercó sin hacer ruido.
—Gretel, sal —ordenó en voz baja. Sonaba ronca y, por primera vez, impregnada de una extraña desesperación.
Gretel no se movió. Ni siquiera alteró el ritmo de su respiración, fingiendo estar sumida en un sueño profundo.
Un destello de ansiedad cruzó por los ojos del hombre. Apretó los puños, colocó sus grandes manos en la espalda baja y en la nuca de ella, y la levantó en brazos de un solo movimiento.
La fachada de Gretel se derrumbó de golpe.
Empezó a empujarlo, siseando con una expresión de puro hielo:
—¡¿Te volviste loco, Rosendo?! ¡Bájame ahora mismo!
Él hizo oídos sordos. Avanzó con pasos largos y decididos hacia la habitación principal y la arrojó sin miramientos sobre la inmensa cama de seda. Se inclinó de inmediato, apoyando los brazos a ambos lados del cuerpo de ella, dejándola completamente arrinconada.
Su piel aún desprendía la frescura y el aroma limpio de la ducha.
—No me rechaces —le dijo, clavando su mirada en los ojos de ella—. Solo quiero explicarte lo que pasó anoche. Thiago tuvo una fiebre altísima, no tuve otra opción que...

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