Al ver que no tenía mucho interés en charlar, las demás mujeres no insistieron y se dispersaron con resignación, volviendo a sus respectivos asientos.
A eso de las seis y media de la tarde, en Villa Colina del Sur.
Gretel se puso ropa cómoda y, al salir, percibió un delicioso aroma a comida recién hecha.
En la cocina, Rosendo, vestido con ropa de casa, estaba frente a la estufa, preparando los vegetales.
A Gretel no le gustaban los mariscos, así que él había preparado algunos de sus platos favoritos: costillas de res con trufa negra, espárragos salteados y una reconfortante sopa de vegetales.
—¿Ya te cambiaste? —Rosendo no se dio la vuelta, pero reconoció sus pasos de inmediato.
—Sí —dijo Gretel, acercándose. Lo observó desde el otro lado de la isla de la cocina mientras él movía la carne en la sartén con destreza—. ¿Por qué decidiste cocinar hoy?
Zacarías le había dicho en su momento: «Si quieres ganarte el corazón de alguien, primero tienes que conquistar su estómago».
Pero, por supuesto, Rosendo jamás diría algo así en voz alta.
Sirvió las costillas con trufa negra en un plato y se giró para ponerlo sobre la isla.
Atraída por el aroma, Gretel olvidó rápidamente la pregunta que acababa de hacer.
—Ve a sentarte al comedor. Falta la sopa, ya casi está lista.
***
El ambiente de la cena fue cálido y tranquilo.
Rosendo no habló mucho, pero estuvo sumamente atento, usando los cubiertos de servir para ponerle comida en el plato a ella y a Valentina de vez en cuando.
Después de cenar, Rosendo recibió una llamada de trabajo internacional, y Gretel se sentó en la alfombra a armar un rompecabezas con la niña.
—Srta. Mendoza, yo me encargaré de la niña. El señor le pide que lo acompañe a la sala de proyección.
Gretel se sorprendió. Miró a su alrededor y comprobó que, en efecto, Rosendo ya no estaba en la habitación.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder