Gretel se detuvo por un segundo, con la mirada totalmente despejada.
—Ella es, antes que nada, ella misma.
Nerón enarcó una ceja y sonrió.
Estaba a punto de decir algo cuando, a lo lejos, vio un Maybach demasiado familiar estacionado a un lado de la calle.
Gretel también lo vio.
La puerta del auto se abrió y la primera en bajar fue Catalina.
Hoy llevaba un abrigo de lana color lila claro y una elegante mascada de seda color crema. Mientras alguien la ayudaba a salir del vehículo, en su rostro se dibujaba una suave sonrisa de felicidad.
La persona que la sostenía era Rosendo, imponente en su abrigo de cachemira azul marino, con su perfil frío y esculpido.
La mirada de Gretel se posó en ellos por un instante antes de apartarla rápidamente.
Nerón notó esa breve vacilación de reojo. Con mucha naturalidad, dio un paso para bloquear su campo de visión y, con una sonrisa, señaló en otra dirección.
—Por aquí. Dejé el auto en la puerta este.
Ella entendió de inmediato la intención, pero no dijo nada.
Caminaron unos diez pasos antes de que Nerón rompiera el silencio.
—Gretel, deberías fijarte más en quienes están a tu lado.
Gretel volteó a verlo y se topó con su mirada sonriente.
Sus ojos destellaron, pero guardó silencio.
Nerón dejó escapar una sonrisa amarga en su interior, pero no insistió y siguió caminando junto a ella.
Mientras tanto, en la entrada del teatro.
Entre el mar de gente, Rosendo pareció percibir algo. Su mirada pasó por encima del hombro de Catalina y se clavó en dos figuras que se alejaban por la acera de enfrente.
Un abrigo corto gris, un vestido largo negro y un hombre... con camisa azul claro, caminando lado a lado.
Catalina siguió la dirección de su mirada, pero no vio nada fuera de lo común. Tiró de su brazo y preguntó en voz baja:
—¿Rosendo? ¿Qué miras?
Él apartó la vista, con voz monótona y vacía.
—Nada. Vamos.
***
Cuando Gretel llegó a casa, la niñera ya había logrado dormir a Valentina.
Y agregó un mensaje más.
[Nosotros somos cosa del pasado, señor Almenar.]
No hubo más respuestas del otro lado.
Gretel no tenía intención de seguir prestando atención al asunto. Dejó el teléfono boca abajo en la mesa y se metió bajo las sábanas con el cabello aún húmedo.
En la oscuridad, sus manos se aferraron inconscientemente al borde de las cobijas.
***
Al día siguiente. Mansión Almenar, la histórica residencia en Villa Serena.
Era una propiedad enorme de estilo arquitectónico clásico. Detrás del muro de entrada había un inmenso estanque lleno de carpas koi. La brisa primaveral soplaba, creando hermosas ondas en la superficie del agua.
El Maybach se detuvo bajo el pórtico y Catalina bajó del auto.
Para esa visita a sus suegros, había elegido meticulosamente un modesto vestido amarillo pálido con estampado floral, un cárdigan blanco y el cabello trenzado cayendo sobre su hombro izquierdo. Lucía como la perfecta y sumisa joven de buena familia.
Se aferró al brazo de Rosendo, incapaz de ocultar su nerviosismo.
—Rosendo, ¿crees que tus padres pensarán que soy una maleducada? Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que vine...

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