Nadie se lo iba a quitar.
—Doña Marta, déjeme darle de comer a Vale.
La voz de Gretel resonó de pronto, interrumpiendo la conversación.
Apenas la vio, Valentina alzó los bracitos con alegría. Gretel tomó el tazón de crema que sostenía la empleada, lo sopló con paciencia y le dio de comer a su hija cucharada a cucharada.
El ambiente en la mesa se volvió algo tenso.
Catalina se quedó callada un instante, antes de adoptar una expresión de profunda culpa. Se levantó y caminó hasta Gretel.
—Gretel, de verdad lamento mucho lo que pasó. Esas cosas que dije fueron por el enojo del momento. Jamás quise lastimarte, y mucho menos imaginé que Rosendo fuera capaz de llegar a esos extremos por mí...
Aunque se estaba disculpando, no podía ocultar una chispa de superioridad y triunfo en sus ojos.
Tomó el brazo de Gretel con aparente cariño.
—Pero todo eso ya es parte del pasado. Me imagino que a ti también te encantaría conocer a los doctores de Monte Sacro, ¿verdad? Sé que las entradas para la cumbre son casi imposibles de conseguir. A Rosendo le costó una fortuna conseguir dos. Cuando vea al Dr. Blanco, prometo hablarle de ti para que te den la oportunidad de conocerlos, ¿te parece?
Gretel sonrió sin mostrar los dientes.
—¿Ah, sí? Pues te lo agradezco por adelantado.
—De nada.
Catalina sonrió dulcemente y volvió a su asiento junto a sus padres.
Los señores Mendoza comenzaron a alabar lo considerada y amable que era Catalina. Bernardo, alzando la mano con gesto magnánimo, la tranquilizó:
—Cata, no te preocupes. El dinero no es problema, y también tenemos los contactos. Sin importar el precio, tu madre y yo encontraremos a esa tal Ginny para que te cure por completo.
»Nuestra Catalina nació para brillar bajo los reflectores del escenario.
***
Tras el desayuno, Gretel no quiso quedarse un segundo más. Se despidió y salió con su hija.

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