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El Marido que no supo perder romance Capítulo 82

Sofía disfrutaba enormemente de la situación.

A veces, cuando Gretel no llegaba a tiempo, ella aparecía en la puerta del colegio y se llevaba a la niña a la Mansión Almenar.

La mansión estaba situada a media montaña, una imponente casa con un enorme roble en el jardín.

A Vale le encantaba ese árbol y siempre se la pasaba recogiendo hojas secas debajo de él.

Un día.

Al terminar su turno, Gretel se enteró de que la niña estaba en la Mansión Almenar y de inmediato pidió un taxi.

Cuando el coche se detuvo frente a los portones de la propiedad, ya había anochecido.

En el patio, las luces cálidas del pórtico iluminaban a dos figuras, una grande y una pequeña, en los escalones. Sus sombras se alargaban sobre el suelo.

Eran Vale y Rosendo.

La pequeña estaba sentada en un escalón, abrazando un hermoso peluche, con la cabeza ladeada mirando al hombre frente a ella.

Rosendo estaba arrodillado frente a ella, atándole los cordones de los zapatos.

Llevaba un suéter de cachemira azul marino sobre una camisa blanca de la que asomaba el cuello. Tenía las mangas arremangadas, y las cuentas de sándalo en su muñeca se balanceaban suavemente con cada movimiento.

Tenía la espalda recta, la cabeza ligeramente agachada y un rostro sumamente concentrado.

Gretel, que estaba parada a unos metros de distancia, sintió que no quería interrumpir esa tierna escena.

Pero como si tuviera un sexto sentido, Vale volteó y sus ojos se iluminaron de inmediato.

—¡Mami!

Apenas le terminaron de atar los zapatos, la pequeña saltó de los escalones y corrió hacia ella con sus piernitas cortas.

Sin embargo, frenó en seco tras un par de pasos, giró sobre sus talones y se despidió de Rosendo con la mano, dedicándole una sonrisa brillante.

—¡Adiós, señor Sendo!

Rosendo se puso de pie, se sacudió el polvo imaginario de las rodillas con sus manos grandes y elegantes. Su mirada nunca se apartó de la pequeña figura vestida de naranja.

Gretel se agachó para recibir a Vale, le subió la cremallera del abrigo y luego se enderezó para mirarlo.

—El señor Sendo me compró un juguete, es este conejito. Mami, ¿está bonito?

Por el espejo retrovisor, Gretel pudo ver que la figura alta de Rosendo aún seguía de pie en los escalones de la entrada.

Desvió la mirada y le acarició la cabeza a Vale.

Estaba a punto de decirle que no volverían a venir de visita.

Pero, de repente, la niña soltó algo inesperado:

—Mami, el señor Sendo es muy bueno, ¿verdad?

La mano de Gretel se quedó rígida sobre su cabeza. No respondió.

Después de recorrer un rato el camino y girar hacia la avenida principal, Vale ya se había quedado profundamente dormida, abrazada a su conejito y apoyada en el regazo de su madre.

El coche quedó en total silencio.

Gretel contempló las luces de neón que pasaban rápidamente por la ventanilla, perdiéndose en sus pensamientos.

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