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El Marido que no supo perder romance Capítulo 99

El comentario de Nerón fue lanzado con tranquilidad, pero dio directo en la herida de Catalina.

La sonrisa postiza se le congeló en la cara.

Nerón volvió a cargar a Valentina, le sacudió suavemente las boronas de galleta de las manitas y continuó con un tono implacable:

—Señorita Mendoza, mi interés por Gretel es transparente y directo. Cuando a mí me gusta alguien, no necesito que personas externas anden sacando conjeturas sobre sus intenciones.

Alzó un poco la barbilla, achicó sus ojos rasgados y, aunque no dejó de sonreír, su mirada era pura escarcha.

—Y, si tanto le preocupa la vida amorosa de los demás, ¿no será que a su propia vida le falta un poco de emoción?

Los nudillos de Catalina, que apretaban su falda, se pusieron blancos. Volteó a ver a Rosendo buscando apoyo.

Pero Rosendo no movió un dedo por ella.

Mantuvo la vista fija en Thiago, acomodándole el cuello de la chamarra como si nada pasara.

Valentina, recargada en el hombro de Nerón con las mejillas infladas como un pez globo, miró a Catalina y soltó de repente con su voz cantarina:

—¡El tío Nedón es el mejol del mundo!

Nerón no pudo contener la risa ante la ocurrencia de la niña y, con los hombros temblando de alegría, le revolvió el cabello con cariño.

Gretel bajó la vista, y sus pestañas aletearon.

No llegó a reírse, pero era obvio que el comentario le había caído de maravilla.

Y Rosendo captó ese mínimo gesto a la perfección.

Sumado a la escena de complicidad familiar entre Nerón y Valentina, a Rosendo se le contrajo la mandíbula y sintió punzadas en las sienes. No sabía exactamente qué era ese vacío asfixiante que le apretaba el pecho.

Se agachó y levantó a Thiago de un tirón.

El niño, que estaba muy ocupado estudiando cómo estaban hechas las trencitas de Valentina, empezó a patalear al verse en el aire.

—¡Papi, todabía no teldmino de ablal con Vale!

—Ya se nos hizo tarde.

La voz de Rosendo sonó plana, monótona, sin un solo matiz. Sostenía a su hijo firmemente con el brazo izquierdo, mientras las borlas de sus cuentas de sándalo en la muñeca derecha se balanceaban con cada paso.

Ni siquiera se dignó a darle una última mirada a Gretel. Los esquivó y se marchó con pasos largos y firmes hacia los torniquetes.

Catalina se quedó atrás por un segundo, dio un taconazo de frustración y corrió tras él.

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