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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 181

—¿Tienes idea de las consecuencias que habrá si sigues con esta maldita terquedad? —le dijo Theo en cuanto estuvieron dentro del auto.

Afuera, el caos no había cedido: los reporteros seguían en enjambre, algunos incluso lanzándose frente al vehículo para bloquearle el paso mientras intentaba arrancar con Vanessa y su padre a bordo.

—¡Pero no voy a aceptar que me traten así, papá! —respondió Vanessa indignada—. ¿Quieres ver mi nombre en todos los titulares, empapelado por toda la ciudad, convertido en rumor para que todos lo devoren? ¿Eso es lo que quieres?

—¡Niña estúpida! —La mano de Theo le volteó la cara de un golpe—. ¡Yo no crie a una hija tan necia, Vanessa!

Vanessa abrió los ojos de par en par por la impresión. Lo único que había querido era aclarar las cosas frente a la prensa. No tenía intención de ceder a las exigencias de Daven, y pensaba negar, negar y negar su aventura con James hasta el último aliento.

¿Entonces por qué su padre se volvía en su contra también?

Esa cachetada le ardió más que las anteriores, dos para ser exactos, las que le dio cuando la descubrieron con James. Y James... ¿dónde estaba ahora? ¿No se suponía que debía estar a su lado? ¿Ayudarla a salir de esto? En cambio, desapareció. La dejó sola enfrentando la ruina.

—¡Si sigues actuando sin pensar, todo se va a descontrolar aún más! —gruñó Theo con furia. Los ojos oscuros se le clavaron en los de ella, hirviendo de rabia—. En lo que deberías enfocarte ahora es en quién nos hizo esto.

—¡Althea, por supuesto! —Vanessa alzó la voz, ruidosa y convencida—. Ella tiene que ser la mente detrás de todo esto. De otro modo no hay forma de que todo lo que planeamos se viniera abajo así.

Theo torció los labios en una mueca amarga.

—No. No lo creo. Estoy seguro de que esto fue obra de Daven.

—¿Por qué siempre culpas a Daven, papá? ¿No fuiste tú quien me dijo que no me divorciara de él? ¿Que me aferrara a él para que tu negocio prosperara?

Theo se pasó la mano por la cara con frustración y perdió la paciencia.

—No hace falta que digas en voz alta lo que yo ya puse en marcha, Vanessa. Si no entiendes lo que estoy haciendo, ¡cierra la boca!

Vanessa volteó la cara, hirviendo de rabia, con el pecho agitado por una respiración furiosa que no podía controlar. La cara le ardía roja, las manos le temblaban mientras buscaba el teléfono. Necesitaba llamar a alguien. Necesitaba una solución, ya.

—No puedo creer que alguien se haya atrevido a dejarme en ridículo —dijo Theo con la furia desbordándole—. Quien sea que haya orquestado esto, no se va a salir con la suya. Y tú... —Le clavó el dedo a Vanessa, descargando toda la ira sobre la mujer sentada a su lado. Le daba igual que el blanco de su rabia fuera su hija.

—¡Mira esto! —Le puso el celular en la cara con mano brusca; la pantalla destellaba con artículo tras artículo sobre Vanessa. El dedo le apuñalaba los titulares, todos recién publicados en línea.

Vanessa abrió los ojos horrorizada cuando las palabras tomaron forma. Le arrebató el teléfono y leyó con incredulidad.

“Vanessa Blake: ¿De diva a rompehogares?”

“¡Escándalo al descubierto! La aventura de Vanessa con su propio asistente”.

“¡Público en shock: reveladas las pruebas del matrimonio de Daven y Althea!”

“De la imagen de esposa paciente a la desgracia: Vanessa Blake bajo fuego en el mundo del espectáculo”.

“Tendencia: ¿Vanessa Blake, símbolo de traición y mentiras?”

—¡No! ¡No, esto no puede estar pasando! —exclamó Vanessa con la voz quebrada mientras deslizaba la pantalla—. ¡Están escribiendo lo que les da la gana!

Entonces, por fin, en el quinto intento, la línea conectó. El alivio le inundó el pecho. Por un instante fugaz, la esperanza se encendió.

Por supuesto.

No había forma de que Daven la olvidara tan fácil. El amor que él le tuvo fue demasiado fuerte, demasiado arrollador. La perdonaría, tenía que hacerlo. Aunque su error esta vez fuera monumental, un amor como el de él... seguro sería suficiente para darle otra oportunidad.

Pero por desgracia... todo lo que Vanessa dijo fue en vano. Ni siquiera sus amenazas, oscuras y desesperadas, lograron mover a Daven.

—No necesito tu amor, Vanessa. Ya tuve suficiente. —La voz de Daven mordió con frustración.

—¡SI SIGUES CON ESTO, ME VOY A MATAR! ¿¡ME OYES, DAVEN!? ¡VOY A MAT...!

—Me da igual si lo haces, Vanessa.

—¡ENTONCES VAS A VER CÓMO...!

Antes de que pudiera terminar, Theo le arrancó el teléfono de las manos y cortó la llamada. La furia le estalló cuando estrelló el aparato contra la ventanilla del auto junto a ella. El vidrio no se rompió, pero una grieta se extendió por el cristal; el impacto estuvo peligrosamente cerca de quebrarlo.

—¿¡ESTÁS LOCA!? —rugió Theo—. Si te mueres, ¿entonces qué? ¿Me vas a arrastrar contigo? ¿Me quieres matar en el proceso?

Los ojos llorosos de Vanessa se clavaron en él, abiertos de par en par y heridos, negándose a aceptar lo que decía. Las lágrimas le corrían por las mejillas y el pecho le temblaba de impotencia.

—Si te atreves a hacer algo así, Vanessa —la voz de Theo bajó hasta convertirse en una amenaza fría y absoluta—, te voy a perseguir hasta el mismísimo infierno. Ya me avergonzaste lo suficiente. ¿Siquiera te das cuenta de lo que tus acciones me costaron? ¡Lo perdí todo por tu culpa! Nunca debí haberte apoyado.

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