Capítulo 287
Esa mañana, el patio frontal de la comisaría de Solaviz estaba inusualmente tranquilo. La mayoría de los oficiales ni siquiera había llegado. El rocío todavía cubria las hojas; el aire fresco se entrelazaba con el aroma del asfalto húmedo.
Pero la calma se hizo añicos cuando alguien gritó en pánico.
-¡Rápido! ¡Alguien se desplomó en la entrada principal!
Varios oficiales salieron corriendo. Un hombre yacía tirado en el suelo, vestido únicamente con unos shorts. Tenía la cara hinchada, los labios partidos y restos de sangre seca a lo largo de la sien. El pecho estaba moteado de moretones. Le habían pegado un trozo de papel en el pecho:
"Autor de atropello con fuga".
-Dios mío... -murmuró uno de los oficiales, cubriéndose la boca-. ¡Llamen a una ambulancia, ahora!
Otro oficial se agachó más cerca y abrió mucho los ojos al reconocerlo. Miró fijamente al hombre
golpeado que yacía frente a la comisaría.
-No puede ser... es... jes Harold! ¡El exalcalde de Solaviz!
El caos estalló.
-¡Métanlo rápido!
-¡Llamen a los paramédicos!
Mientras levantaban el cuerpo magullado de Harold, otro oficial detectó una caja de cartón tirada a su lado. La abrió y se quedó helado.
-Señor... esto es... documentos. Reportes de transferencias ilegales, fotos de reuniones secretas, contratos falsificados. Todo... a nombre de Harold.
Antes siquiera de que alguien pudiera procesar el descubrimiento, llegaron algunos autos y frenaron en seco afuera y, en cuestión de segundos, una avalancha de periodistas irrumpió por la entrada, con las cámaras encendidas y los micrófonos extendidos hacia adelante.
-¡Alli! ¡Es Harold, el alcalde fugitivo!
-¡Tomen su foto! ¡Filmen todo!
-¿Está inconsciente? ¿Qué le pasó?
A ninguno parecía importarle el estado de Harold.
Lo que importaba era la nota: la repentina reaparición de Harold tras semanas prófugo. Su desaparición, los rumores de corrupción, los susurros sobre malversación y pruebas demoledoras vinculadas a la oficina del alcalde de Solaviz: todo había sido combustible para los titulares.
Y ahora, habían encontrado a Harold así.
Solaviz estaba a punto de estallar.
Las cámaras disparaban sin piedad, con una intensidad cegadora.
-Señor Harold, ¿en serio es usted?
Al notar la multitud que lo rodeaba, las cámaras destellando en su cara, los reporteros gritando preguntas, la policía esforzándose por protegerlo, Harold trató de forzar la voz, aunque le salió roncа y quebrada.
-No... no, esto es difamación... me tendieron una trampa...
Pero los gritos de los reporteros lo ahogaron.
-¿Difamación? ¡Estos son documentos originales, con su firma!
-¡Solaviz merece la verdad, Harold! ¡Diga algo!
Los oficiales apenas podían contener a la prensa.
El cuerpo de Harold cedió de nuevo, casi se desplomó cuando las cámaras enfocaron de cerca la herida en su sien.
-Yo... yo no soy el culpable... yo...
-¡Silencio, señor Harold! -le dijo un oficial, cortándolo-. Después podrá hablar en la sala de interrogatorios. Por ahora, preocúpese por su estado, y por encontrar un equipo legal capaz de mantenerlo fuera de la cárcel.
Harold apretó la mandíbula, con la furia ardiéndole en los ojos hinchados.
-¿Qué acaba de decir? -le gruñó al oficial.
-Queda oficialmente bajo arresto.

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad
Terminen de subirla por favor...
Suban la novela completa no de cinco en cinco...