Daven rio.
—Estaba intentando convencerte.
—Una forma muy terca de convencerme.
—¿Te arrepientes de haber venido?
Althea desvió la mirada hacia la ventana y luego sonrió.
—Para nada.
Se quedaron un momento en silencio.
—El restaurante no queda lejos de la oficina —continuó Daven—. Creo que te va a gustar.
Su tono sonaba más relajado que de costumbre, y Althea se dio cuenta de que, después de un día tenso, esa simple conversación fue el primer respiro que pudo tomar en toda la jornada.
—Eso espero. —Althea sonrió con calidez, ilusionada por llegar al lugar que Daven había elegido.
—Entonces nos vemos allá.
Colgaron y, poco después, el auto en el que viajaba Althea se detuvo frente a un pequeño café, cerca del edificio del Grupo Callister.
Durante unos segundos, Althea se quedó sentada, mirando fijo el imponente edificio donde trabajaba su esposo. De pronto, le llegaron viejos recuerdos.
El recuerdo que conservaba con más nitidez era el día en que había ido hasta allí a llevarle el almuerzo. En ese entonces, Althea creyó que había elegido mal el momento, pero, pensándolo bien... ¿cuándo más iba a tener tiempo para cumplir aquel ridículo capricho suyo?
Al recordarlo, Althea no pudo evitar reírse. El destino los separó en su momento por razones que ella no podía negar. El amor no se puede forzar. Sin embargo, el destino también volvió a unirlos cuando ambos comprendieron por fin que el amor podía calar hondo de formas que ninguno de los dos esperaba.
—Señora, ya llegamos —le informó el chofer cuando el auto se detuvo frente a la entrada del restaurante.
El lugar no estaba nada concurrido; al contrario, era mucho más tranquilo que los grandes restaurantes elegidos para reuniones de negocios o esos sitios pensados para presumir el estatus de su esposo.
En cuanto se abrió la puerta del auto, Althea vio a Daven de pie junto a la terraza del café.
Se había quitado el saco; solo llevaba una camisa negra, con las mangas remangadas hasta los codos. Se veía mucho más relajado que de costumbre. En cuanto la vio bajar del auto, se le iluminó la cara. Caminó hacia ella con una sonrisa inconfundible y le ofreció la mano.
—Qué bueno que llegué primero —dijo—. Así no tuviste que esperarme.
—Aunque hubiera esperado —respondió Althea, tomándole la mano y dándole un apretón—, no me habría importado. Seguro que mi esposo tiene muchas cosas que atender antes de venir corriendo a verme.
Daven sonrió con más ternura.
—¿Y si te extrañaba y quería verte cuanto antes?
Althea suspiró, y eso solo hizo reír a Daven. Le abrió la puerta del café y la invitó a pasar primero. Adentro, la llevó a una mesa junto a la ventana, con vista a un pequeño jardín. En cuanto se sentaron, un mesero se acercó y dejó sobre la mesa dos tazas de té caliente que Daven había pedido de antemano.

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