La vergüenza que la había frenado por un momento desapareció con el vapor de la noche y dio paso a emociones que ya no podía contener.
Cada respiración y cada palabra que compartieron confirmaron la fuerza de su vínculo. Ninguno de los dos titubeó; se entregaron el uno al otro con seguridad y confianza.
Cale demostró que no solo protegía a Naomi de los peligros del exterior, sino que también era el dueño del corazón de Lydia. Conocía todas sus vulnerabilidades, y Lydia se aferró a él mientras repetía su nombre hasta casi el amanecer. Entre los antiguos muros de la residencia Devereux, nada parecía más real que su amor.
***
Amaneció despacio en el pabellón que compartían; la luz del sol se filtraba entre las cortinas color marfil.
En el aire de la habitación aún se mezclaban el tenue aroma a sándalo y la fragancia del jazmín que llegaba desde el jardín trasero. La calidez y la calma de la habitación hicieron que Lydia no quisiera abrir los ojos al despertar.
No quería moverse, cómoda entre las mantas gruesas y el colchón increíblemente suave.
Pero unos segundos después, Lydia hizo una mueca. Le dolía la cintura. También los hombros. En ese momento recordó, sin querer, fragmentos de la noche anterior.
La cara se le fue sonrojando poco a poco. Se la cubrió a medias con la manta.
—Diablos... —refunfuñó con voz adormilada.
Pensándolo bien, todo aquello empezó con su idea imprudente de invitar a Cale a bañarse juntos para aliviar el estrés. Y luego ese hombre aprovechó la oportunidad al máximo, sin sentir ni un poco de culpa.
Lydia cerró los ojos un momento y suspiró hondo.
Aunque le dolía un poco el cuerpo, se sentía mucho más despejada que durante los últimos días.
Ya no sentía aquella angustia aplastante. Tampoco la abrumaba la ansiedad cada vez que abría los ojos. Lo ocurrido la noche anterior les había permitido olvidar por un rato los peligros que los amenazaban.
Lydia volvió a abrir los ojos despacio, con una sonrisa.
Pero la sonrisa se le borró en cuanto se dio cuenta de que el otro lado de la cama estaba vacío.
Por instinto, estiró la mano y tocó el colchón a su lado.
Todavía tibio.
Pero Cale no estaba.
Lydia se incorporó despacio y parpadeó varias veces. El cabello largo le caía revuelto sobre los hombros, y el fino camisón de satén se le había resbalado de un hombro.
—¿Cale? —llamó en voz baja.
Nadie contestó.
Miró hacia el baño.

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